domingo, 21 de junio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS . Bar Victoria, junio 2026




Prácticamente todos los pueblos custodian en su memoria una calle idéntica a nuestra calle Victoria. En Madrid, sin ir más lejos, sobrevive la recóndita calle del Codo, rincón histórico donde Quevedo y Góngora se batían en duelos de ingenio y desprecio. Allí mismo, quienes abrimos los ojos al mundo a principios de los sesenta, solíamos examinarnos de mecanografía y taquigrafía en la Sociedad Matritense de Amigos del País; veníamos de estudiar con las monjas de La Josa y de allí salíamos con un título que aún hoy conservo, enorme y de una estética tan barroca que roza lo churrigueresco.

Nuestra calle Victoria se bautizó así en el mapa afectivo del pueblo por un bar. Lo regentaban Carpo y Victoria, padres de Maraví. y otros dos hijos, creo, la actual concejala del Ayuntamiento a la que todos conocemos; una mujer que, al igual que  su madre, conforma un reflejo exacto, dos gotas de agua talladas en la misma forma de ser. Carpo, a su vez, era hermano de Melanio, dueño de aquel otro templo del buen comer en la plaza de Abajo —entonces llamada del Generalísimo—: el Bar Melanio, donde sentarse a la mesa era como comer en casa.

Siendo yo un niño, mi madre me encomendaba la sagrada misión de ir a la calle —vivíamos al lado— para comprar la leche. Caminaba yo aferrado a la lechera de aluminio, concentrado en el milagro de que no se derramara ni una sola gota. Al otro lado del mostrador siempre me aguardaba Victoria: una mujer guapa, de luto riguroso y con un moño que parecía esculpido a la perfección. Me recibía con una dulzura infinita, con un desvelo tan tierno que, sin ser mi madre, me hacía sentir al abrigo de una segunda orfandad. Siempre generosa, deslizaba un chorro de más en aquellos medidores de cinc que semejaban jarras de cerveza. Al regresar a casa, mi madre ponía la leche a cocer —pues venía directa de las ubres de la vaca y había que purificarla de los bichos invisibles— y me dejaba al cuidado de la cacerola con una advertencia: «Vigila que no se salga». Pero mi cabeza era un hervidero de ficciones y universos; bastaba que pasara una mosca para que yo me perdiera persiguiendo con mi mirada el misterio de su vuelo, la brevedad de su vida o sus pensamientos insectiles. Inevitablemente, la leche terminaba desparramándose en la lumbre.

Carpo, su esposo, era un hombre esculpido por el trabajo de sol a sol; primero con el ganado y luego tras la barra. Eran tiempos difíciles, no cabe duda, pero la vida poseía una anchura y una humanidad que hoy extrañamos. Las gentes de mi infancia eran afables, moldeadas con una bondad antigua. Nadie volcaba en sus semejantes el cansancio de romperse el lomo para sacar adelante a los suyos. A pesar del sudor y las horas, Carpo jamás extraviaba una sonrisa eterna y socarrona, siempre dispuesta a regalarte una broma o una frase pícara. Era, en el sentido más noble de la palabra, un hombre bueno.

El Victoria era un bar de pueblo, y lo digo con un orgullo casi reverencial: un espacio auténtico, con solera, cuyas dos puertas de entrada se abrían como brazos dispuestos a acoger el asueto de los trabajadores. Si Camilo José Cela hubiera cruzado ese umbral, habría cincelado una obra maestra sobre el microclima que allí se respiraba. Aún recuerdo los domingos estivales: tras la misa, el local se abarrotaba de hombres —las mujeres eran contadas— para apurar el chato de vino entre carcajadas, chascarrillos y una verdad descarnada. Yo adoraba aquellos días porque mis padres me enviaban a por la ración de bondejo —el estómago del cerdo, para los profanos—, guisado con el sello irrepetible de Victoria. Aquel aroma a ajo y aquel toque sutilmente picante componían una delicia celestial.

Durante las fiestas patronales, el bar se transformaba en un torbellino de emociones: copas que subían y bajaban, risas que inundaban el barrio y una alegría desbordante que hoy, a la distancia, se agradece como un bálsamo.

Lo admito a menudo: estos personajes que rescato del olvido no llevan mi sangre, y acaso ni siquiera crucé con ellos largas conversaciones. Sin embargo, habitan en mí. Son los cimientos de mi pasado y los arquitectos anónimos de la identidad de nuestro pueblo. Les profeso un cariño inmenso y, cada vez que mis pasos me devuelven a esos rincones sagrados de mi geografía personal, los recuerdo a todos. Y al hacerlo, inevitablemente, rescato lo mejor de mí mismo, esbozando una sonrisa teñida de una dulce y eterna añoranza.


Manuel J. Monterde Castillo - Trespassos

  

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