El edificio Piqueras siempre ha estado ahí, inamovible, como si formara parte del propio paisaje de mi memoria. Si hubo un antes de sus paredes, no lo sé; para mí, el mundo en este rincón del mapa empezó con él. Hoy, lamentablemente, se alza en un franco y melancólico abandono, convertido en la sombra de lo que fue: historia viva de un lugar que una vez desbordó vitalidad.
Yo tuve la fortuna de habitar sus entrañas. Viví en su primera planta durante algunos años, justo después de dejar aquella entrañable casa de Teléfonos en el número 1 de la Plaza de Melilla.
Pero si cierro los ojos y me remonto a la infancia, el edificio Piqueras no era solo un bloque de pisos; era un auténtico paraíso de ladrillo para los niños de la época. Era el templo de «los billares». Entre el tintineo de las monedas y el humo de aquellos años, se distribuían futbolines, mesas de ping-pong y aquellos billares misteriosos con setas en medio. Las mañanas de los domingos, puntuales tras salir de misa, se convertían en un ritual junto a mis amigos. Allí no solo jugábamos; nos quedábamos embobados contemplando la elegancia de los maestros del billar francés o la velocidad hipnótica de los jugadores de tenis de mesa. Lo mío, sin embargo, era devoción pura por las máquinas de pinball: sus sonidos eléctricos, sus desafíos luminosos y la gloria que sentías cada vez que el marcador estallaba regalándote una partida gratis.
Al fondo de aquel santuario lúdico se levantaba una imponente pared que desafiaba a unos techos altísimos. Era el territorio de los mozos, que jugaban al frontón a mano abierta, golpeando el cuero contra el muro con una fuerza brutal. Sin raquetas, a puro pulmón.
¡Nos lo pasábamos en grande!
La música también encontró su hogar entre aquellas paredes. Es imposible olvidar los conciertos en directo de Los Kriptón, o los primeros acordes de Venecia, que amenizaban las tardes tiñendo el ambiente de un rock puramente sotillano. De todos ellos, a mí me fascinaba Venecia, y muy especialmente Antonio —el gran Antonio de Sotimuebles— a la batería. Era un auténtico titán de la percusión; poseía unos brazos que parecían troncos de pino y un ritmo tan endiablado que habría hecho bailar a los mismos muertos, o a Luis «el ciego», acariciando la guitarra con unos punteos tan limpios y profundos que eran capaces de hipnotizar a cualquiera.
Pero el edificio Piqueras era, ante todo, un camaleón. Lo mismo servía de sala de conciertos que de elegante salón para banquetes de boda. Recuerdo perfectamente haber asistido a uno de ellos: el de Pili, una trabajadora de Teléfonos que, si la memoria no me falla, es la viva imagen de la fotografía. De ella conservo el recuerdo de cuando yo era muy crío: una muchacha muy guapa que, años más tarde y con ojos de menos niño, pude confirmar que lo era.
En aquellos tiempos, los banquetes corrían a cargo de lo que hoy modernamente llamamos empresas de catering, pero con una diferencia sustancial: la comida no llegaba en bandejas recalentadas. La cocina se improvisaba allí mismo, justo detrás de la pared del frontón, en una construcción a medio hacer, desprovista de tejado, puertas o ventanas. En ese escenario casi irreal, entre vapores y fogones, los cocineros y camareros se afanaban en dar vida a verdaderas delicias culinarias. Y después del banquete, llegaba el clímax: el baile allí mismo, una fiesta a puerta abierta donde todo el pueblo estaba invitado a mover el esqueleto.
Hasta aquí llega el viaje por mis recuerdos en el edificio Piqueras. Sé que este gigante dormido guarda muchas más historias en sus cimientos. Por eso os propongo un trato: si conocéis algún detalle más, una anécdota o un retazo de su historia, os leo abajo, en los comentarios. ¡Hagamos memoria juntos!
Manuel J. Monterde Castillo
Trespassos
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1.º clasificado: 250 € + trofeo
2.º clasificado: 150 € + trofeo
3.º clasificado: 100 € + trofeo





