Andrea Monda
Cuando viajas de Roma o de lo que llamamos correctamente, pero también orgullosamente, con la inicial mayúscula, Occidente, y vas a África, la sensación es la de hacer un viaje en el tiempo porque el presente desaparece y te encuentras, contemporáneamente, en el pasado y en el futuro. Se desvanece ese presente al que estamos atados y nos asfixia en obediencia de la religión del “todo, aquí y ahora”, llevando al olvido del pasado y a la indiferencia del futuro. Todo esto desaparece.
El presente en África es insostenible, te golpea como un puño en el estómago. Pero está el pasado, no tanto porque parece que viajas hacia décadas atrás o incluso siglos, sino porque sientes que aquí están las raíces, los orígenes. Lo sentí en Camerún y en Angola, en esa jungla que rodea las casas como la tierra roja rodea e invade las calles asfaltadas para la ocasión del viaje papal. Allí sentí que estaba en el corazón, en las vísceras de la gran Madre, como canta con tristeza el cantante Tom Russell: Oh África, Madre África / Pesos fuertes en mi pecho / Vieja cuna de la civilización / Corazón de tiniebla […] Después cierro los ojos / y veo esas calles de arcilla roja / Es el ocaso y chicos, yo me voy».
El presente en África pesa fuerte en el pecho, o debería hacerlo, si ese pecho custodia todavía un corazón. Y con el pasado está también el futuro. No es solo tierra Madre África, el antiguo origen, sino que es también Hija, tierra joven, tierra niña. La edad media en algunos de los países tocados por la visita del Papa es en torno a los 18 años. Y se ve: a lo largo de las calles el número de niños es impresionante. En la homilía en Mongomo en Guinea Ecuatorial el 22 de abril el Papa tocó el punto crucial del futuro y lo expresó con palabras fuertes y claras: «y quizá precisamente este sea hoy el hambre mayor: hay hambre de futuro, pero de un futuro habitado por la esperanza, que pueda generar una nueva justicia, que pueda dar frutos de paz y fraternidad. Y no se trata de un futuro desconocido, que debamos esperar de forma pasiva, sino de un porvenir que precisamente nosotros, con la gracia de Dios, estamos llamados a construir. El futuro de Guinea pasa por las decisiones que ustedes toman; está confiado a su sentido de la responsabilidad y al compromiso compartido de custodiar la vida y la dignidad de cada persona».
Entre las miles de imágenes que han acompañado estos diez días de viaje de León XIV en África hay una de Angola, muy breve, que permanece viva en la memoria (también gracias al vídeo que rápidamente los trabajadores de Vatican Media realizaron): es la carrera de un niño, muy rápido, que sigue durante cientos de metros, al lado y en ocasiones casi superando el coche del Papa. Es solo uno de los muchos niños que hicieron esto, con espíritu de alegría.
En África se corre, sin zapatillas, sin chándal, sin nada. ¡Y a qué velocidad! ¿Por qué un hombre, un niño, corre? Puede haber un motivo sobre los hombros, una fuente de miedo; un motivo en el corazón, una fuente de angustia, de desesperación; pero puede haber un motivo que desde el corazón impulsa hacia adelante: y es la fuente de una alegría poderosa, incontenible. Pensemos en las carreras de los discípulos impulsados por la noticia de la resurrección, hombres que se olvidan «de lo que queda atrás» que corren lanzándose «hacia lo que está por delante» (Fil 3,13).
También en ese lugar que llamamos Occidente alguno corre, normalmente por motivos de fitness, para mantenerse en forma. Quizá para muchos en África hace falta tiempo antes de que se creen las condiciones para que alguien sienta la necesidad de correr por esos motivos. Pero la pregunta más urgente es la opuesta: ¿cuánto tiempo será necesario para que en Occidente se vuelva a correr para expresar esa alegría incontenible?