Casa López era uno de esos rincones de mi infancia que se quedaron guardados para siempre en algún lugar de la memoria.
Cuando pienso en él, me vienen a la cabeza las ferias de ganado que se celebraban, creo que un viernes al mes, y que convertían la zona de El Teso y la plaza de toros en un hervidero de animales, tratantes, vecinos y visitantes. Era un importante punto de negocio e intercambio, hasta el punto de que, si no me falla la memoria, había tres bares en aquella zona. Uno de ellos era este del que hoy os hablo.
Durante las fiestas, además, el ambiente era todavía mayor. El bar se llenaba de sotillanos y visitantes que se tomaban los famosos chatos de vino mientras hablaban, seguramente, de la última corrida de toros o de la que estaba a punto de llegar. Había un ambientazo de los de antes, de esos que hoy cuesta encontrar y que, con el paso del tiempo, uno recuerda todavía con más cariño.
Pero mi relación con este lugar no viene solo de las ferias o de las fiestas. Casa López forma parte también de mis recuerdos futbolísticos. Y digo «futbolísticos» siendo generoso conmigo mismo.
En aquellos años jugábamos al fútbol en el campo de El Teso, cuando todavía era de tierra y las líneas del campo eran más imaginarias que otra cosa.
El gran organizador de aquellas pachangas era mi amigo Roberto González, nuestro Ancelotti, gran aficionado al deporte en general. Roberto tenía la capacidad de poner de acuerdo a veintidós personas para estar cada sábado a las once de la mañana en el campo. Y todo esto, ojo, sin grupo de WhatsApp. Cierto es que era y es muy muy bueno, nos aguantaba a todos.
Y no fallábamos.
Allí estábamos Roberto, mi hermano Antonio, Raúl y Fernando Rodríguez, Gustavo y Carlos Rodríguez, Santiago Blasco y alguno más que ya no recuerdo. La verdad es que han pasado unos cuantos años.
Lo que sí recuerdo perfectamente es que muchas veces éramos tantos que el canalla de Roberto me dejaba en el banquillo. Y yo me cogía mi correspondiente cabreo, porque no había sábado en el que faltara a la cita.
Ahora, muchos años después, lo entiendo.
He sido un gran paquete futbolístico. Incapaz de dar una a derechas y, sinceramente, alguien que no valía ni para estorbar en el campo. Pero entonces no tenía la perspectiva que tengo ahora y la testosterona hacía su trabajo: me cabreaba como un mono.
La pasión de Roberto por aquellos partidos llegó a tal nivel que el «entrenador» o «seleccionador» de todo aquello decidió emitir unos carnés con nuestros nombres, hechos de madera o un material parecido. El compromiso era que todo aquel que tuviera uno en su poder tenía garantizado jugar.
Bueno… no fue exactamente así.
Si había mucha gente, a mí me tocaba estar en la banda. Pero fuera de ella.
Y después del partido llegaba lo mejor.
Terminábamos juntos en Casa López, sentados alrededor de aquellas mesas, tomando su célebre KONGA de naranja, de limón o de cola. Todo ello a muy buen precio, como correspondía a aquellos tiempos. No recuerdo quién nos atendía, aunque creo que era una mujer.
¡Y qué rica estaba aquella KONGA!
Claro que entonces las cosas del azúcar no se controlaban como ahora. Aquello debía de llevar gramos de azúcar como si no hubiera un mañana.
Hoy somos mucho más finos. Ahora tomamos electrolitos, bebidas isotónicas y todo tipo de cosas que parecen diseñadas para hacernos creer que sabemos lo que hacemos.
Bueno, yo no.
Yo soy más de torreznos.
Aquellos momentos después del partido eran probablemente lo mejor de todo. Allí nos reíamos, comentábamos las jugadas —seguramente algunas bastante discutibles—, hablábamos de nuestras cosas y, si se terciaba, quedábamos para la tarde-noche.
Visto desde hoy, eran tiempos gloriosos.
No porque todo fuera necesariamente mejor, sino porque éramos más jóvenes, teníamos menos preocupaciones y sabíamos disfrutar de cosas tan sencillas como un partido entre amigos y una KONGA después.
Por eso quería contaros esta pequeña historia del Bar López.
Porque los lugares también forman parte de nuestra memoria. Algunos desaparecen, otros cambian y algunos simplemente envejecen con nosotros.
Y antes de que la climatología termine borrando el cartel que todavía puede leerse en ambos lados de la casa, quería dejar aquí este recuerdo.
El recuerdo de un bar, de unas ferias, de unos partidos de fútbol, de unos amigos y, sobre todo, de una época que, vista desde la distancia, fue realmente gloriosa.
Manuel J. Monterde Castillo
Trespassos


















































