Hoy viajamos en el tiempo hasta uno de los rincones más emblemáticos de Sotillo: la ferretería de Filo, en la calle Arroyo.
Si la memoria no me falla, a un lado del callejón asomaba la parte trasera de la casa piedra de Salva, flanqueada aun lado, la ferretería por una pequeña oficina donde se contrataba y vendía el gas butano, la tienda de electrodomésticos Gon-San y poco más. Pero hoy mi recuerdo se detiene, con precisión casi sagrada, en la ferretería.
Quien haya pisado aquel lugar jamás podrá olvidar su entrada. Cruzar el umbral exigía descender tres escalones para adentrarse en un universo en penumbra, de esos que guardan un frescor balsámico en verano y un frío riguroso en invierno, solo amansado por el latido rojizo de una estufa catalítica que intentaba, sin mucho éxito, calentar el ambiente. Allí la luz del sol jamás hizo acto de presencia; la fotosíntesis era una teoría ajena a sus muros. La única iluminación procedía de bombillas con filamentos de tungsteno que colgaban del techo, suspendidas entre cientos de enseres que abarrotaban el aire, balanceándose como chorizos saecula saeculorum.
Era un comercio a la antigua usanza, un bastión inmune al posmodernismo actual. Vivía completamente alejado de la era del blíster y del plástico empaquetado. Allí uno acudía a comprar trece clavos y recibía, con matemática exactitud, trece clavos —o, en su defecto, un puñado generoso que Filo envolvía con destreza quirúrgica en un trozo de periódico o en la hoja arrancada de una vieja guía de Páginas Amarillas—. Todo por el módico precio de tres pesetas.
De haber nacido en la antigüedad, Filo habría sido un gran comerciante fenicio: poseía un olfato innato para el negocio ético y un dote de mando que ya hubiera querido para sí el mismísimo general Patton. Era una bellísima persona que atesoraba todo el saber imaginable sobre el mundo de la ferretería, luciendo siempre una media sonrisa entrañable, al más puro estilo Clark Gable.
Entrar en su tienda resultaba adictivo. Uno no solo iba a buscar un recambio, sino a regalarse un buen rato conversando con él o con alguno de sus empleados —como Jesús, siempre dispuesto—. Era un refugio cálido en el que uno se sentía sinceramente bienvenido.
Para quienes no llegaron a conocerlo, baste decir que allí existía solución para todo. Había un artilugio para cada problema humano, y si no existía, Filo y su equipo te explicaban cómo apañártelas sin necesidad de un grado en ingeniería en la Universidad Autónoma de Madrid. Si pedías algo y ellos no lo tenían, sencillamente es que no se había inventado; ni el mismísimo Amazon habría sido capaz de rastrearlo en la aldea más remota de Australia. Y si la pieza dudaba en aparecer, tras aquel mostrador de madera pulida por los callos de mil veraneantes manitas y autónomos del pueblo, ocurría la magia. Detrás se abría un almacén misterioso, con otros tanto escalones, del que sospecho emergía una suerte de Oompa Loompas sacados de Charlie y la fábrica de chocolate, apareciendo de la nada con el recambio exacto en la mano desde las profundidades de ese agujero negro en el que jamás llegué a poner un pie.
Sobre aquel pasadizo oscuro circularon multitud de leyendas urbanas. Unos decían que allí se generaban vórtices capaces de hacerte viajar en el tiempo; otros lo comparaban con la entrada al mismísimo Averno. Yo, personalmente, me inclino a pensar que en sus paredes ocultas albergaba pinturas rupestres más antiguas que las de Altamira o Lascaux: donde dicen las malas lenguas ya existía una cueva paleolítica donde, miles de años atrás, ya se vendían utensilios de piedra tallada para los primeros recolectores de la comarca.
Bromas aparte, este lugar —hoy tristemente desaparecido— fue uno de los auténticos motores de la vida de nuestro pueblo. Un espacio que se hacía grande porque al frente había un director de orquesta excepcional. Hay negocios que solo sostienen su alma gracias al maestro que los mima y los potencia. Y Filo fue, sin duda alguna, un director imprescindible.
Manuel J, Monterde Castillo
Trespassos












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