¿Quién no ha cruzado alguna vez, de un modo u otro, el umbral de la Casa del Cura? Siempre presente, siempre austera, se alza como el verdadero eje espiritual que ha vertebrado la vida de Sotillo desde hace décadas.
Para mí, ese edificio es un paisaje familiar de toda la vida, un pilar más constante en mis recuerdos que la propia iglesia parroquial. Entre sus paredes hemos habitado todos; allí he sido testigo y parte de los mil y un actos que daban vida al pueblo. En su salón parroquial, por ejemplo, acudíamos a donar sangre. Aún recuerdo con una sonrisa amarga el día en que el médico de la unidad móvil me frenó en seco: me agradeció la solidaridad, pero me pidió que no regresara si no quería que me tuviesen que sacar de allí en camilla. Lo pasé tan mal que, desde entonces, no he vuelto a estirar el brazo.
Aquellas estancias también han sido una ventana al mundo. En su día albergó exposiciones africanas —traídas, imagino, por los misioneros que la Iglesia católica envía a los confines de la tierra—, donde nuestros ojos de niños se asombraban ante rarezas imposibles: patas de elefante disecadas, misteriosas cabezas reducidas por los jíbaros y un místico arte africano.
La Casa del Cura ha sido un camaleón hecho de ladrillo. Allí recibimos clases de la antigua EGB cuando las aulas del colegio oficial desbordaban con la incansable generación del baby boom. Allí escuchamos misa cuando el viejo templo fue derribado, allí nos preparamos para la Confirmación y allí, incluso, nos sentamos a oscuras a disfrutar del cine. Era, en definitiva, el epicentro absoluto de todo lo que acontecía en nuestro querido Sotillo.
A la planta superior solo subí una vez en mi vida. El motivo fue el cursillo prematrimonial, impartido por aquel entonces por don Próspero, el párroco que llegó para sustituir al recordado padre Segundo. Debo confesar, no sin cierto pudor, que acudí a la cita arrastrando algunos prejuicios. Esperaba encontrarme —con todos mis respetos— a un hombre retrógrado y severo. Cuál sería mi sorpresa al descubrir a un ser humano que, con sus palabras y su cercanía, nos demostró todo lo contrario. ¡Qué grande fue don Próspero!
Hoy en día, el edificio sigue haciendo honor a su nombre. Se ha convertido en el hogar de todos los sacerdotes de la zona tras la creación de la Unidad Parroquial; bien podríamos rebautizarla, con justicia, como "la casa de los hombres de Dios".
Y este es el inventario de mis recuerdos en la Casa del Cura. Estoy convencido de que, si cada uno de vosotros se detiene un instante a realizar una pequeña excavación arqueológica en su propia memoria, encontrará mil y una historias sepultadas en los rincones de este viejo edificio.
Trespassos

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