Me ha dado últimamente por pasearme en las cálidas noches de Sotillo por sus calles. Recorro casi siempre el mismo itinerario y me tropiezo, casi por costumbre, con los mismos recuerdos.
Empiezo bajando la carretera de El Venero, el reducto más fresco de todo el pueblo. Allí, absorto en mis pensamientos —que no son pocos—, empecé a escuchar el murmullo de conversaciones ajenas. Primero, en una casita a la izquierda según se baja: unas nueve personas dispuestas en un círculo, con sillas traídas de sus propias casas o prestadas por el anfitrión de tan maravillosa velada nocturna. Cada silla de su padre y de su madre, claro está, debatían apasionadamente sobre un tema que a mí poco me importaba, pero que logró transportarme de golpe a mi juventud. Un poco más abajo, a la derecha, cinco personas de pié en la esquina de una fachada hablaban con gravedad sobre las cicatrices del fuego desolador que nos ha castigado este tiempo.
Me alegró la vida esa sensación reconfortante de volver a la Calle Larga de antaño, ese escenario donde se libraban los mayores debates sociales —siempre ajenos a la actualidad oficial— en las noches cálidas de Sotillo.
El contacto vecinal de entonces era algo formidable. Había risas campestres, chascarrillos con retranca y alguna televisión asomada a la ventana o a la puerta a la que nadie prestaba verdadera atención. Era una auténtica hermandad de hombres y mujeres compartiendo la vida tras el duro invierno castellano. Un crisol de voces, una atmósfera de alegría contagiosa que uno disfrutaba al pasar, maravillado de ver lo que hoy llaman, con tanta ligereza, «buen rollo». Aquello se parecía a un bar al aire libre, pero con decenas de pequeños corrillos hablando todos a la vez.
Recuerdo cuando por fin me saqué el carnet de conducir B. Profanaba yo aquel santuario cada vez que cruzaba la calle al volante del Simca 1000 que me regalaron —más rozado que entero, con un aspecto que hacía pensar que lo había robado—. Todo el mundo se levantaba a mi paso, silla en mano, abriéndome camino como si fuera yo el mismísimo rey de las Españas. Una verdadera profanación. Así definiría hoy aquel acto de soberbia cruel que obligaba a las gentes de mi pueblo a interrumpir su paz para que un niñato pasara con su cochambroso Simca escuchando a Mike Oldfield a todo volumen. Lo hice dos veces; no me permití una tercera ante semejante sacrilegio.
Pero no era la Calle Larga el único feudo del fresco. En la Plaza de Melilla, concretamente en la casa de Teléfonos donde yo me crie, mi madre —que Dios la tenga en su gloria— sacaba religiosamente las sillas a la acera mientras mi padre instalaba la tele. El resto lo hacía el propio discurrir de la noche. Aparte de los parientes que venían «de los madriles» o de Talavera de la Reina, aquello era un desfile incesante de paseantes. Por eso mi madre, lista y hospitalaria como buena extremeña, siempre sacaba dos sillas de más «para las visitas», que nunca faltaban.
Esas sillas vacías aguardando en la penumbra me recuerdan —por esa manía mía de hacer lecturas extrañas— al ritual de la circuncisión en el judaísmo, donde se reserva siempre un asiento vacío para el profeta Elías, quien según sus textos sagrados vela invisible durante la ceremonia. No creo que mi madre profesara la fe hebrea, pues era católica convencida —a no ser que algún ancestro nuestro fuera de aquellos conversos a la religión del Imperio—, pero la mística de la silla vacía era exactamente la misma.
Me fascina escarbar en estos recuerdos, pero el otro día, al pasear de noche por el pueblo, sentí cierto pellizco de melancolía. La costumbre de tomar el fresco se apaga; ya son muy pocos los que se resisten a renunciar a este placer simple. Creo firmemente que la UNESCO debería declarar las sillas en la calle Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Nos estamos jugando, sin darnos cuenta, el último refugio de la comunidad.
Manuel J. Monterde Castillo
Trespassos

Que noches más bonitas.; Paca y Pablo, Paca, Marcelina, Luisa, Margarita....
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