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jueves, 6 de agosto de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La patria de las sillas al fresco, agosto 2026


  


Me ha dado últimamente por pasearme en las cálidas noches de Sotillo por sus calles. Recorro casi siempre el mismo itinerario y me tropiezo, casi por costumbre, con los mismos recuerdos.

Empiezo bajando la carretera de El Venero, el reducto más fresco de todo el pueblo. Allí, absorto en mis pensamientos —que no son pocos—, empecé a escuchar el murmullo de conversaciones ajenas. Primero, en una casita a la izquierda según se baja: unas nueve personas dispuestas en un círculo, con sillas traídas de sus propias casas o prestadas por el anfitrión de tan maravillosa velada nocturna. Cada silla de su padre y de su madre, claro está, debatían apasionadamente sobre un tema que a mí poco me importaba, pero que logró transportarme de golpe a mi juventud. Un poco más abajo, a la derecha, cinco personas de pié en la esquina de una fachada hablaban con gravedad sobre las cicatrices del fuego desolador que nos ha castigado este tiempo.

Me alegró la vida esa sensación reconfortante de volver a la Calle Larga de antaño, ese escenario donde se libraban los mayores debates sociales —siempre ajenos a la actualidad oficial— en las noches cálidas de Sotillo.

El contacto vecinal de entonces era algo formidable. Había risas campestres, chascarrillos con retranca y alguna televisión asomada a la ventana o a la puerta a la que nadie prestaba verdadera atención. Era una auténtica hermandad de hombres y mujeres compartiendo la vida tras el duro invierno castellano. Un crisol de voces, una atmósfera de alegría contagiosa que uno disfrutaba al pasar, maravillado de ver lo que hoy llaman, con tanta ligereza, «buen rollo». Aquello se parecía a un bar al aire libre, pero con decenas de pequeños corrillos hablando todos a la vez.

Recuerdo cuando por fin me saqué el carnet de conducir B. Profanaba yo aquel santuario cada vez que cruzaba la calle al volante del Simca 1000 que me regalaron —más rozado que entero, con un aspecto que hacía pensar que lo había robado—. Todo el mundo se levantaba a mi paso, silla en mano, abriéndome camino como si fuera yo el mismísimo rey de las Españas. Una verdadera profanación. Así definiría hoy aquel acto de soberbia cruel que obligaba a las gentes de mi pueblo a interrumpir su paz para que un niñato pasara con su cochambroso Simca escuchando a Mike Oldfield a todo volumen. Lo hice dos veces; no me permití una tercera ante semejante sacrilegio.

Pero no era la Calle Larga el único feudo del fresco. En la Plaza de Melilla, concretamente en la casa de Teléfonos donde yo me crie, mi madre —que Dios la tenga en su gloria— sacaba religiosamente las sillas a la acera mientras mi padre instalaba la tele. El resto lo hacía el propio discurrir de la noche. Aparte de los parientes que venían «de los madriles» o de Talavera de la Reina, aquello era un desfile incesante de paseantes. Por eso mi madre, lista y hospitalaria como buena extremeña, siempre sacaba dos sillas de más «para las visitas», que nunca faltaban.

Esas sillas vacías aguardando en la penumbra me recuerdan —por esa manía mía de hacer lecturas extrañas— al ritual de la circuncisión en el judaísmo, donde se reserva siempre un asiento vacío para el profeta Elías, quien según sus textos sagrados vela invisible durante la ceremonia. No creo que mi madre profesara la fe hebrea, pues era católica convencida —a no ser que algún ancestro nuestro fuera de aquellos conversos a la religión del Imperio—, pero la mística de la silla vacía era exactamente la misma.

Me fascina escarbar en estos recuerdos, pero el otro día, al pasear de noche por el pueblo, sentí cierto pellizco de melancolía. La costumbre de tomar el fresco se apaga; ya son muy pocos los que se resisten a renunciar a este placer simple. Creo firmemente que la UNESCO debería declarar las sillas en la calle Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Nos estamos jugando, sin darnos cuenta, el último refugio de la comunidad.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos



lunes, 13 de julio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - El edificio Piqueras: el gigante dormido que un día fue el corazón del pueblo, julio 2026


 


El edificio Piqueras siempre ha estado ahí, inamovible, como si formara parte del propio paisaje de mi memoria. Si hubo un antes de sus paredes, no lo sé; para mí, el mundo en este rincón del mapa empezó con él. Hoy, lamentablemente, se alza en un franco y melancólico abandono, convertido en la sombra de lo que fue: historia viva de un lugar que una vez desbordó vitalidad.


Yo tuve la fortuna de habitar sus entrañas. Viví en su primera planta durante algunos años, justo después de dejar aquella entrañable casa de Teléfonos en el número 1 de la Plaza de Melilla.


Pero si cierro los ojos y me remonto a la infancia, el edificio Piqueras no era solo un bloque de pisos; era un auténtico paraíso de ladrillo para los niños de la época. Era el templo de «los billares». Entre el tintineo de las monedas y el humo de aquellos años, se distribuían futbolines, mesas de ping-pong y aquellos billares misteriosos con setas en medio. Las mañanas de los domingos, puntuales tras salir de misa, se convertían en un ritual junto a mis amigos. Allí no solo jugábamos; nos quedábamos embobados contemplando la elegancia de los maestros del billar francés o la velocidad hipnótica de los jugadores de tenis de mesa. Lo mío, sin embargo, era devoción pura por las máquinas de pinball: sus sonidos eléctricos, sus desafíos luminosos y la gloria que sentías cada vez que el marcador estallaba regalándote una partida gratis.


Al fondo de aquel santuario lúdico se levantaba una imponente pared que desafiaba a unos techos altísimos. Era el territorio de los mozos, que jugaban al frontón a mano abierta, golpeando el cuero contra el muro con una fuerza brutal. Sin raquetas, a puro pulmón.


¡Nos lo pasábamos en grande!


La música también encontró su hogar entre aquellas paredes. Es imposible olvidar los conciertos en directo de Los Kriptón, o los primeros acordes de Venecia, que amenizaban las tardes tiñendo el ambiente de un rock puramente sotillano. De todos ellos, a mí me fascinaba Venecia, y muy especialmente Antonio —el gran Antonio de Sotimuebles— a la batería. Era un auténtico titán de la percusión; poseía unos brazos que parecían troncos de pino y un ritmo tan endiablado que habría hecho bailar a los mismos muertos, o a Luis «el ciego», acariciando la guitarra con unos punteos tan limpios y profundos que eran capaces de hipnotizar a cualquiera.


Pero el edificio Piqueras era, ante todo, un camaleón. Lo mismo servía de sala de conciertos que de elegante salón para banquetes de boda. Recuerdo perfectamente haber asistido a uno de ellos: el de Pili, una trabajadora de Teléfonos que, si la memoria no me falla, es la viva imagen de la fotografía. De ella conservo el recuerdo de cuando yo era muy crío: una muchacha muy guapa que, años más tarde y con ojos de menos niño, pude confirmar que lo era.


En aquellos tiempos, los banquetes corrían a cargo de lo que hoy modernamente llamamos empresas de catering, pero con una diferencia sustancial: la comida no llegaba en bandejas recalentadas. La cocina se improvisaba allí mismo, justo detrás de la pared del frontón, en una construcción a medio hacer, desprovista de tejado, puertas o ventanas. En ese escenario casi irreal, entre vapores y fogones, los cocineros y camareros se afanaban en dar vida a verdaderas delicias culinarias. Y después del banquete, llegaba el clímax: el baile allí mismo, una fiesta a puerta abierta donde todo el pueblo estaba invitado a mover el esqueleto.


Hasta aquí llega el viaje por mis recuerdos en el edificio Piqueras. Sé que este gigante dormido guarda muchas más historias en sus cimientos. Por eso os propongo un trato: si conocéis algún detalle más, una anécdota o un retazo de su historia, os leo abajo, en los comentarios. ¡Hagamos memoria juntos!


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos


 

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