domingo, 14 de junio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La cuesta de botero, un microclima sotillano, junio 2026


 



La cuesta de Botero es un microclima dentro de Sotillo. Hubo un tiempo en que fue una arteria principal, un hervidero de comercio boyante con un pulso tan propio que nos alegraba el alma con solo pisarla. Más antiguamente —vete a saber cuándo—, aquello era la carretera de Madrid a Arenas de San Pedro, antes de que abrieran la desviación; una época que, por supuesto, a mí ya no me tocó conocer.

En mi propio idioma, es decir, en ese dialecto de la niñez sotillana, aquello no era la cuesta de Botero, sino la «cuesta de gotero». Por aquel entonces, en mi diccionario particular también habitaban palabras como guardilla y furboneta. Cuando años después me enteré de que la calle no se llamaba así —aunque en realidad el nombre nunca había cambiado—, recapacité: «Tiene su lógica; seguro que aquí vivía alguien que fabricaba botas de vino o calzado». Y bajo esa misma lógica aplastante, deduje que si yo la llamaba «cuesta de gotero», sería porque el buen hombre fabricaba los frascos de suero para los hospitales. No sé, cosas de niños.

Pero bueno, ¿por dónde íbamos? Decía que era una gran arteria, populosa y acogedora, por la que todo el pueblo, tarde o temprano, terminaba pasando para despachar sus menesteres.

Al adentrarse en este microclima callejero, conforme uno subía, topaba con la administración de lotería de los padres de mi amigo Álvaro, Epi y Juanita. Allí lucía un cartel que anunciaba, con orgullo, que hacía algún tiempo se había despachado un tercer premio del Sorteo del Niño. La administración era, en realidad, su propia casa: una oficinilla diminuta donde apenas cabía media persona. Desde la ventanilla se divisaba el salón familiar y se podía adivinar, sin margen de error, qué se iba a comer en aquella santa morada, porque olía a las mil maravillas.

Un poco más arriba se alzaba la ferretería García —esta ya de la era moderna—, regentada por Fidel. Según tengo entendido, Fidel había sido empleado en la única ferretería que existía antes, la del tío Filo,  (gran persona y mejor vendedor). De modo que aquello supuso una escisión, un auténtico cisma cuasi religioso en el pueblo. Creo que habré ido allí dos veces en toda mi vida.

Pero antes de que se me olvide, hay que hablar de la carnicería Palancas, que todavía resiste el paso del tiempo. Allí se inventaron, según las crónicas locales, las famosas morcillas de Sotillo. En aquel templo del embutido y la buena carne, la abuela se pasaba el santo día currando —gracias a Dios, el negocio siempre fue artesano—, mientras su hijo Justi ejercía de gran maestre en la atención al público, doblando el lomo también entre bastidores para echar una mano a las labores cárnicas. Justi, con una generosidad legendaria, nos plantaba delante unos platillos de morcilla seca, chorizo picante y un porrón de vino que hacían las delicias del respetable. «¡Va por ti, Justi!», parecía brindar al unísono su fiel clientela.

Pasada la ferretería, se encontraba la casa de Marí Cruz, una veraneante de los madriles que nos traía de cabeza a todos los chavales. Era aquella una época difícil, en la que las espinillas brotaban como el volcán de La Palma y los picores corporales se volvían insoportables. Nos gustaba a todos. Todos ansiábamos que se dedicara en exclusiva a nosotros, pero era una empresa imposible: había demasiado macho alfa suelto —término que entonces ni existía— y yo, un simple zagal de pueblo con un moreno color aceituna, no tenía por dónde mirarme. Carecía de todo, cortesía de los recortes de periódico con los que la madre naturaleza decidió confeccionarme.

Continuando este viaje por los pasadizos del recuerdo, me detengo en la casa de la tía monja de mi amigo José —Tole para los amigos, ¡y es que hay que ver lo buenos que son los Toledanos, joer!—. La buena mujer vivía en la mismísima Roma, pero no sé por qué extraña razón, cuando venía, nos llevaba a tomar café. Nos sentaba alrededor de la mesa camilla, con el balconcillo abierto de par en par para aplacar el bochorno del verano. Yo sospecho que su verdadera intención era reconducir nuestras pecaminosas vidas juveniles, sobre todo teniendo a Marí Cruz viviendo al lado. Sin embargo, a nosotros los santos se nos hacían figuras, como decía mi madre, y la pobre mujer regresaba a la Ciudad Eterna sin haber cumplido sus objetivos espirituales.

Y en este mapa de la memoria, es de justicia detenerme un buen rato en dos de las mejores personas que he conocido en la vida: Apolonio y su mujer, Pilar. Dos santos terrenales, dos almas enormes a las que profesé un cariño inmenso desde que era un mico y que  tuve la inmensa suerte de tratar. En su carnicería, despachaba por el bueno de Apolonio, siempre con una eterna simpatía y una sonrisa en los labios. Allí lo mismo acudíamos a comprar los bollos de Bimbo —Tigretones, Panteras Rosas y Bonys— para coleccionar los cromos de coches y luego de motos (o de motos y luego de coches, ya no me hagan mucho caso), que a por la riquísima carne que allí servían.

Más tarde, en la planta de arriba de su casa, se montó Radio Tiétar. Yo colaboraba allí, y al calor de los micrófonos conocí a sus hijas, Pilar y María Jesús, a sus respectivos maridos (Juan y el otro, de cuyo nombre, desgraciadamente, no logro acordarme) y, cómo no, a Anastasio, el cura.  Anastasio era un hombre santo que trabajaba como una mula por los pueblos más recónditos de la provincia, siempre al lado de los más necesitados. En verano daba clases de latín a los que se mostraban más tozudos con la lengua de Cicerón, y al caer la noche, algunas noches, nos lo encontrábamos  en la discoteca Trébol tomándose unas copichuelas con los amigos. Él solo encarnaba la nueva Iglesia, esa que tenemos hoy en día, pero con décadas de adelanto. Hoy es párroco en El Tiemblo, donde coincidí con él hace no mucho en un funeral. La  casa de sus padres era mi casa y les  guardo un cariño muy especial, esa es la santa verdad.

Pero, por encima de todos estos personajes, el recuerdo más nítido que conservo de la cuesta de Botero es la procesión del Corpus... creo. Ese día, la calle entera se alfombraba de tomillo para recibir el paso del Altísimo y el desfilar de los niños vestidos de comunión camino de la iglesia. Nada más pasar la chiquillería, los rezagados, nos abalanzábamos a recoger el tomillo del suelo para prenderle fuego en una de las mejores fiestas que ha parido el pueblo y que, sospecho, ya se ha perdido: las Luminarias. Niños y no tan niños saltábamos sobre las hogueras que rasgaban la oscuridad de la noche. Qué puedo decirles... era una noche verdaderamente mágica.

Sin embargo, además de la alegría, esta es también la calle de la pena. Por sus adoquines avanzan los cortejos fúnebres camino de la iglesia, saliendo del tanatorio de Lucio, esto es más moderno. Desgraciadamente, a todos nos ha tocado arrastrar los pies por allí, ya fuera por familiares o por vecinos, convirtiendo la cuesta en una triste penitencia de último adiós a nuestros seres queridos.

No sé si se lo había dicho ya, pero escribo esto porque quiero recordar para revivir. Y, sobre todo, para no dejar morir a los personajes que moldearon mi infancia. Intento dibujarlos aquí con palabras, para que no se me pierdan jamás, este es mi objetivo.


En este enlace tenéis otra imagen más antigua: 

https://sotillodigital.blogspot.com/2023/08/fotografias-antiguas-de-sotillo-calle.html


Manuel Monterde Castillo

Trespassos


No hay comentarios:

Publicar un comentario

ÍNDICE