Hoy ha publicado en ABC José F. Peláez, un texto que me parece importante difundir. En el recoge, la paradoja de que «por algún motivo, el éxito de los democristianos no ha conllevado que se les tenga en cuenta, sino que se les aparte». Comparto esta opinión, de que la Democracia Cristiana ha sido apartada del imaginario colectivo, no solo por sus errores (que los ha tenido y graves) sino precisamente por el peligro de sus aciertos, que son incompatibles con lo que se ha llamado modernidad y que con tanto ahínco han abrazado todas las izquierdas y derechas. Como bien dice Peláez «no logra conectar con la política entendida como revancha, como lucha de clases ni –mucho peor– como lucha de razas«.
Es un tema muy apasionante, por eso seguiremos hablando de la Democracia Cristiana. Hoy les dejo aquí el texto en cuestión. Que lo disfruten…

El momento de la democracia cristiana
La dignidad de la persona, la democracia liberal, el pluralismo político, el bien común, la solidaridad, la economía social y de mercado, el antitotalitarismo, el reformismo, la inspiración cristiana sin confesionalidad y ese principio de subsidiariedad que propone que el Estado intervenga cuando hayan fallado las instancias previas, como la familia o la comunidad. Si, tal y como estamos viendo, la mayor parte de España parece compartir total o parcialmente los principios de la democracia cristiana, ¿por qué no tiene representación política? ¿Por qué todos los partidos, sin excepción, defienden programas abiertamente contrarios a la Doctrina Social de la Iglesia si esta resulta tan aplaudida en la calle y en el Congreso?
Deberíamos recordar que, en la Europa continental, el Estado del bienestar –sanidad, educación y pensiones– es una creación de la democracia cristiana para acabar con la idea de revolución, es decir, con la amenaza del comunismo. La propia Unión Europea es una creación de los democristianos, aquellos hombres que entendieron que la revolución se combate mejor con escuelas abiertas, hospitales decentes, pensiones dignas y familias que no tengan que elegir entre dar de comer a sus hijos o educarlos. Esa fue la gran creación democristiana: el concepto de justicia social, cuyo resultado fueron décadas de desarrollo, prosperidad y paz y que después, de modo torpe e incomprensible, se regalaría a la izquierda.
Por algún motivo, el éxito de los democristianos no ha conllevado que se les tenga en cuenta, sino que se les aparte: son demasiado sociales para los conservadores; demasiado conservadores para los progresistas; demasiado reformistas para los reaccionarios; y demasiado liberales para los populistas. Defienden la propiedad privada, pero ponen límites al capitalismo; creen en la familia, pero no convierten la política en un tratado sobre las buenas maneras; hablan de libertad, pero no aceptan que esta se convierta en una excusa para abandonar a los más débiles; creen en la nación, pero no son nacionalistas. En definitiva, la democracia cristiana exige algo insoportable en estos tiempos: complejidad intelectual. Quizá por eso se ha desvanecido: no sirve para el odio, ni para los muros, ni para los discursos divisivos. No logra conectar con la política entendida como revancha, como lucha de clases ni –mucho peor– como lucha de razas.
En tiempos polarizados y tomados por políticos mediocres –si es que lo primero no fuera sino consecuencia de lo segundo–, la democracia cristiana aparece como espacio de inspiración transversal, como lugar moral para el reencuentro y como territorio desde el que iniciar consensos. No hagan elegir a la sociedad entre xenofobia y corrupción: prefieren recuperar los principios. De hecho, se lo están pidiendo a gritos.
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