Hoy no vengo a contaros historias del pasado ni a desempolvar recuerdos, aunque guarde miles en la memoria. Hoy quiero hablaros de un rincón de Sotillo que me fascina por muchos motivos, y porque estoy convencido de que cuando un lugar raya la excelencia, hay que gritarlo a los cuatro vientos.
Si hay un espacio emblemático en el pueblo, ese es el Restaurante Bar Tarelo. Lo es por lo bien que se come, por la calidez del trato y por la cercanía de todo su equipo. Ya sabéis que sobre gustos no hay nada escrito, pero estamos, sin duda, ante la gran joya gastronómica de la zona; un rincón aclamado por todos los que lo visitan con devoción.
Y es que el personal merece mención aparte. El trato es sencillamente exquisito, empezando por Paqui, que se desvive por sus clientes. Puedo decir sin miedo a equivocarme que nació para esto: te hace sentir como en casa, te aconseja con tino sobre las joyas de la carta (y las que no están en ella) y derrocha una calidad humana de las que ya no quedan.
A su lado está Pablo, la amabilidad personificada. Un profesional siempre dispuesto a servirte y a garantizar que todo esté perfecto. Da gusto tratar con él porque contagia su pasión por la hostelería, y esa energía positiva hace que cada plato sepa todavía mejor.
Por último, no puedo olvidarme de África, la verdadera alquimista de la cocina. Me atrevería a decir que es una auténtica DJ de los fogones: hace magia con las manos y firma platos tan memorables que le das las gracias al cielo por su existencia. Ahí sigue, al pie del cañón año tras año, y ojalá continúe mimando nuestros paladares por mucho tiempo más.
Ayer mismo cené allí con la familia y fue una experiencia para el recuerdo: unos tomates preparados que solo con verlos entras en trance, unos calamares a la romana soberbios y una sartén de patatas con huevos y picadillo que fue el broche de oro de la noche. Y si prefieres el pescado, no lo dudes: el lenguado a la plancha sabe literalmente a gloria.
Este templo del buen comer se ha ganado un hueco en mi memoria gustativa. Os lo recomiendo encarecidamente: no podéis pasar por esta vida sin dejaros caer por allí. Avisados quedáis.
Manuel J. Monterde Castillo.
Trespassos

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