martes, 26 de mayo de 2026

#OPINIÓN: ZP | ÓSCAR CEREZAL

 



Lo de Zapatero está ocupando miles de páginas y de comentarios en tertulias, redes etc. Como es habitual se mueve todo entre el estupor de algunos, la algarabía de otros y el hartazgo de la mayoría. Eso si, los fans y los odiadores, hacen el ridículo a partes iguales. Unos clamando sobre la conspiración evangelicotrumpista y otros haciendo aspavientos como si eso de ex presidentes y expolíticos forrándose a manos llenas fuera la novedad del año. Nada nuevo bajo el sol.

Reconozco que mi desencanto político y moral sobre Zapatero no es nuevo. Eso no evita que defienda su presunción de inocencia, lo que hay que recordar es una garantía procesal no un escudo mágico ante el juicio –injusto o no– de la opinión pública. El mío viene de lejos. Diría que desde principios de su segunda legislatura. Zapatero me representó a primeros de los 2000, como un soplo diferente en una socialdemocracia anquilosada. Representaba una visión socioliberal y centrista –su grupo se llamaba Nueva Vía– al estilo del de Tony Blair y Schoeder, que parecían lo moderno y exitoso en esos momentos. Unos años después se comprobó que todos eran una estafa. Otra estafa. Esa modernidad progre –que luego recogió como farsa Ciudadanos–  venía acompañada de una campaña movilizadora en la calle, nada mugrosa ni proletaria, sino llena de artistas y sonrisas. ¿Qué más queríamos? Además enfrente estaba Aznar, tipo tan indecente en lo político –un hacha también para los negocios– como avinagrado. Esa suma de fáctores, hacía que los de la ceja parecieramos la lluvia que iba a limpiar una democracia incompleta y excesivamente partidista.

Enseguida se vio –o yo lo vi, desde mi puesto de gestión municipal– que tras los buenos augurios y el talante no había más que humo y oportunismo. Decisiones impactantes e históricas como la retirada de tropas de Iraq, el matrimonio gay o la puesta en marcha de la ley de dependencia – sin financiación, eso si-, eran medidas que sin negar su calado, no ponían en cuestión el modelo del 78 con sus corruptelas y poder económico intacto. O sea que el socialismo volvía a no aparcar las cosas de comer. Solbes como ministro de los dineros –como luego Calviño con Sánchez– eran la garantía de que el izquierdismo era cultureta y cosmético, pero que no iba a tocar ni a molestar a los que realmente mandan. Y así, como quien no quiere la cosa, nos comimos la burbuja inmobiliaria y los recortes posteriores, sin brotes verdes, con la misma sonrisa de siempre. Eso si, meneando un poco antes la memoría histórica  y al separatismo catalán, para hacer parecer de izquierdas un gobierno ligado a la ortodoxia liberal y el amor al libre mercado.

Por eso, me sorprende, esa izquierda desnortada que siente como propio el dolor de Zapatero y su destino judicial próximo. Entiendo a quien continúa agarrado a la socialdemocracia sanchista, como a un madero a la deriva, pero me cuesta más hacerlo con quien se movilizó el 15M contra ZP y solo se queda con las declaraciones mitineras de ayer, no con la realidad de su gestión un poco antes.

Zapatero fue un presidente que hizo una política equivalente al de cualquier partido socioliberal o radical (centrista) del norte de Europa. Lo que era una novedad que a algunos –muchos– nos agradó inicialmente pero que no se podía sostener en el tiempo. Aunque para cierta militancia de izquierdas, parece que si. Tras ser el presidente de la crisis económica y salir por la puerta de atrás de Moncloa, se reconvirtió tras un periodo de discrección en un adalid del pacto con el independentismo, las relaciones internacionales convulsas y las campañas indefendibles del sanchismo. Y gracias a eso, en un lobo de la consultoría y los negocios. Y todo sin perder la sonrisa.

Lo de Zapatero – desde el punto de vista ético, lo jurídico se dirimirá en años– es otro cataclismo para el PSOE y la izquierda asimilada. Decía ZP en un mitin reciente «que ser socialista significa tener muy poco y dar mucho«. Hay que tener mucha ceja.

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