Esta pieza es mi punto de partida en el universo de Wolf Vostell, figura fundamental del movimiento Fluxus. Sobre el lienzo de una cascada en perpetuo movimiento, emerge mi silueta: una sombra desplazada a la izquierda que observa, con una mezcla de ironía y distanciamiento, a las figuras que pueblan la escena. Es un guiño deliberado al lenguaje visual de Alfred Hitchcock, una mirada que se sitúa, no sin cierta superioridad crítica, por encima de los líderes que definieron una era: desde la aterradora Margaret Thatcher hasta el belicista Ronald Reagan y la figura de Mijaíl Gorbachov, quien vendió la URSS al mejor postor.
La obra original de Vostell habita (o habitaba) los espacios del Museo Helga de Alvear en Cáceres. Proyectada en la penumbra de una sala donde el fluir del agua dicta el ritmo del tiempo, la pieza invita a un recogimiento casi meditativo. Es un espacio que nos obliga a confrontar nuestro pensamiento político, un lugar para analizar las cicatrices del pasado y los rumbos del presente. Es, precisamente ahí, donde el espectador debe detenerse; permitir que la mirada "inquisidora" —propia de quien se enfrenta al arte contemporáneo— descanse, dejando que la mente se vuelva porosa y receptiva ante los desafíos estéticos que están por venir.
En esta reinterpretación, me asumo como una distorsión. Actúo como un usurpador que propone una nueva lectura de esta creación magistral. Mi intención no es la vana pretensión de mejorar lo inmejorable, sino la de rendir un tributo híbrido: un homenaje al genio cinematográfico y, al mismo tiempo, un gesto de rebeldía. Es la voz de quienes habitamos la periferia del poder, de los que estamos "abajo", reafirmando nuestra existencia frente a la hegemonía omnipresente de la política y el capital.
ARTE2

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