lunes, 20 de abril de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Nuestra iglesia, abril 2026


 


Esta es nuestra iglesia, que acoge a nuestra Virgen de los Remedios. Mil historias hay sobre ella, mil historias que todos hemos vivido entre bodas, comuniones, bautizos y entierros.

Si voy directamente a mi historia, he de contaros que yo conocí la iglesia que había antes y que, por razones que se contaban en aquellos años, se derrumbó porque carecía de cimientos y se caía. Es de sobra conocido que el parque que tiene al lado fue un viejo cementerio en el que todavía hay muchos huesos bajo tierra. Cuando iba al cole de pequeño y, debido a las obras de ensanche de la calle justo pegada ahí, recuerdo un fémur humano atravesado en la tierra. Las malas lenguas decían que habían aparecido monedas de oro y todo. Otro de los mitos que de niño oía era que, en la Guerra Civil, cuando había muertos, se quitaban cuatro baldosas de la misma y los cuerpos se arrojaban a un misterioso sótano, y ahí seguían años después.

Volviendo a la antigua iglesia, recuerdo ver el descampado que dejaron al ser derribada; solo como centinelas permanecieron en pie la torre y lo que hoy es el altar. A este último le pusieron un gran tablón de madera para protegerlo mientras las misas se decían o en el cine de invierno de los Blasco o en el salón parroquial. Con la curiosidad de un arqueólogo frustrado que soy, me asomaba entre las rendijas de la madera y flipaba viendo ese fantasmagórico lugar donde estaba el retablo entre sombras.

Mi relación con la iglesia empezó cuando tenía la edad justa de ser monaguillo con el Padre Segundo, azote de infieles y pecadores con sus arengas en las misas dominicales; porque aquello no eran homilías, eran discursos a las tropas de Cristo para combatir el mal. Todo ese verbo encendido solo era apariencia porque luego era un buenazo, un trozo de pan cristiano que, cuando a mi hermano y a mí nos "enganchaba" para bodas, bautizos, entierros y comuniones, nos daba 25 pesetas (5 duros) que nosotros, tan bien educados en la religión judeocristiana, volvíamos a meter en el cepillo permanente de la iglesia. La santidad tiene estos caminos.

Años estuve dedicado a los oficios religiosos porque, en realidad, mi hermano y yo éramos como el servicio de guardia del catolicismo para todo tipo de eventos. Mi hermano a las campanas, al igual que "TJ al tejado" como en la famosa serie de la TV (antes no había plataformas que nos ordeñan la cuenta): Los hombres de Harrelson. Lloviera o no, mi hermano doblaba a muerto; a mí me enfundaban una sotana roja con forro que pesaba un quintal cuando esta se mojaba porque —desconozco la razón divina del Altísimo para dar más ambiente siniestro al funeral— siempre estaba nublado y lloviznaba. Yo, pobre de mí, iba el primero portando una pértiga con una cruz encima que pesaba otro quintal, puesto que  era como de bronce muy pulido y he de decir que era preciosa. Y claro, mi sotana empapada.

Como curiosidad, un día que el Padre Segundo necesitó el servicio de guardia del catolicismo, un día infernal de viento y con una fiebre que tenía de caballo, pero yo, valiente de mí, estaba jugando al fútbol en el cole del Calvario con un chándal rojo precioso del Sotillo Club Deportivo que me regaló mi padre, entrenador por aquella época del equipo de fútbol. Nos hizo un gesto con la mano el señor párroco ("venid para acá, majetes") y para allá que fuimos a oficiar la boda, ¡y cualquiera le dice que no al cura! Pues tan malito (con fiebre) estaba yo en el altar que me dio una arcada que pude tragarme, pero a la segunda aquello era difícil de contener por el tsunami que tenía en mi interior, y lo eché todo como si de un volcán se tratara. Se levantaron todos los demonios de los infiernos y el Padre Segundo, señalándome con su dedo inquisidor la dirección de la sacristía (como un árbitro de fútbol cuando saca una tarjeta roja), hizo que me fuera con la cabeza baja de vergüenza entre  risas de los asistentes. No pude levantar cabeza en un tiempo, que lo sapáis.

Pasaron los años entre ritos y rosarios de la aurora, bien tempranito por las calles de Sotillo, que digo yo que sería para rogar que lloviera por la pertinaz sequía (porque en España siempre hemos estado en sequía). Me hice más mayor y ya la sotana de monaguillo empezaba a no quedarme bien; para entendernos, me quedaba por encima de las rodillas y parecía más una majorette que un hombre de la iglesia. Me mandaron como destino a tocar las campanas porque mi hermano prácticamente se estaba jubilando del oficio de campanero. Yo me encargaba de la campana más pequeña —todo tiene un rango— y la gorda y la mediana la tocaban Fernando, el hijo de Tasio, y mi hermano. Recuerdo que, como novato, me decían: "Abre la boca, que si no te estallan los tímpanos", porque se tocaba a brazo, dándole al badajo como si no hubiera un mañana, ¡como si yo supiera dónde estaba el maldito tímpano! La escalera de la torre era de caracol, sin luz y empinada como el famoso K2 en el Himalaya.

Hice tantos servicios a la iglesia que tengo convalidado de por vida asistir, tengo una bula Papal,  a los oficios religiosos. Mi binomio en estas cosas de monaguillo de infantería era mi amigo Raúl, hijo también de Tasio, con su cara angelical y más malo que un demonio, pero que también tenía el cielo ganado porque todos, con nuestras cosas, éramos unos santos.

Luego seguías haciéndote mayor y las campanas pasaron a mejor vida. Nos gustaban más las faldas de las mozas sotillanas que las cosas de la iglesia. Es lo que tiene la pubertad: que te empieza a picar todo el cuerpo.


Trespassos 

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