Si hubiera una competición olímpica del «y tú más«, España tendría más medallas que corrupción acumulada. Y eso ya es decir.
Cada vez que estalla un nuevo escándalo político, uno podría pensar que los responsables saldrán a dar explicaciones, asumir errores o, al menos, mostrar algo de vergüenza. Pero no. Lo que llega es un espectáculo perfectamente ensayado: señalar con el dedo al rival y recordar alguna de sus miserias. Da igual que la casa propia esté ardiendo; lo importante es convencer al público de que la del vecino arde más. Y para eso los medios subvencionados (que son la mayoría) sirven de coro sincronizado. A izquierda y derecha.
La corrupción se ha convertido en una especie de partido de tenis donde los pelotazos son sumarios judiciales, comisiones sospechosas, enchufes y contratos dudosos. La pelota va de un lado a otro mientras los ciudadanos observan cómo nadie parece dispuesto a hablarles de responsabilidad, transparencia o ejemplaridad.
Lo más curioso es que aún hay quienes parecen no entender por qué aumenta la desconfianza y alguna gente (poca todavía) decide votar con mala leche, a falta de posibilidad de hacerlo con esperanza. ¿Qué esperan cuando la respuesta no es pedir perdón, sino buscar a otro que hizo algo parecido hace años?. Como si dos vergüenzas sumaran una virtud.
Al final, el mensaje es demoledor: la corrupción no importa demasiado, siempre que puedas encontrar a otro más corrupto que tú o que guste menos a tus fans. Y así seguimos, atrapados en este patio de colegio millonario del bipartidismo (y asociados) donde quienes deberían dar ejemplo se limitan a gritar: «¡Pues tú más!».

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