Ayer escuché en directo el acto de Gabriel Rufián y Emilio Delgado, presentado por la incomprensible musa del antifascismo Sarah Santaolalla. Y digo incomprensible porque la capacidad de análisis de la tertuliana de moda, es el de una incipiente militante en plena pubertad pero con pocas lecturas y mucha soberbia. ¿Problema? Que ya va teniendo una edad, pero esto realmente dice poco bueno de quienes la encumbran y mucho de ella. ¡Olé, la caja que está haciendo gracias a la desconfiguración de una izquierda que ya no se precia se serlo!
Lo de Delgado y Rufián prometía, es cierto. Un dirigente de Más Madrid que presume ser de barrio, hablando claro y lanzando guiños a una vuelta –sin Podemos– al espíritu podemita original de arriba y abajo, ensanchar espacios y con un cierto aíre nacionalpopular pero sin atreverse del todo. Y al otro lado de la silla, el mediático Rufián, independentista arrogante donde los haya pero con capacidad de resumir en 1 minuto lo que quieren y necesitan oír los huérfanos de un asalto a los cielos, que pudo ser y no fue, aunque a veces parezca haberle cogido ya el gusto a las intrigas capitalinas y a los halagos de los medios progres a este lado de la M30.
Pero en mi opinión, defraudaron expectativas. Delgado, porque pese a que lo intentó a ratos no se atrevió a romper esquemas fracasados y evitó que le volvieran a linchar los sectores, llamémosles woke para entendernos -aunque esta, como todas las etiquetas empieza a ser cansina-, por lo que no dijo en castellano claro de Móstoles pero que si parece que a veces piensa. Se perdió por los mundos digitales, los gimnasios y la nutrición para no decir que hay que priorizar los conflictos de clase con todas las letras. Aunque repitió la palabra inmigración, seguridad, barrios etc., eso si con coletilla rapida para que no le colgaran el sanbenito rojipardo. Fracasó. Se lo han colgado. Y el de voxero también.
Y Rufián, pues encantado de conocerse. Proponiendo listas únicas de las izquierdas en cada circunscripción. Con dos narices. Es evidente que así ganarían muchos escaños, pero para saber esto no hace falta ser muy listo ni montar un tinglado mediático. Es matemáticas, pero para convertirse en realidad haría falta que los votantes tuvieran tan poca ética y principios como muchos de sus dirigentes. ¿Va a votar una persona de izquierdas que se siente española en Lleida a un partido independentista? ¿Toda la izquierda tiene que votar a Bildu en Bilbao? Puede que si, pero la verdad es que ni ha pasado ni pasará. En política 1+1 no son 2 y si no que se lo cuenten al traidor Garzón y a Iglesias tras el pacto de los botellines, que se dejaron con los cascos 1 millón de votos en el camino de la unidad. Ah no, que lo que dice Rufián es que para que el no tenga miedo –miedo de perder el sueldo o el protagonismo, allá cada cual sus interpretaciones– toda la izquierda tiene que defender el derecho de autodeterminación y los derechos sociales. A la vez, como si lo segundo no se pusiera más en peligro aún si pasara lo primero. Pero da igual. Su ego a tope y los medios madrileños vendiendo otra vez la solución mágica desde Madrid para la falta de apoyos de la izquierda en toda España. Aunque esta vez se han buscado un socio catalán al que le ha gustado Madrid y ya parece madrileño.
Cierto es que al menos se dijo que algo no funciona, aunque lo fundamental era decir que el miedo a lo que puede venir debe ser lo que una. No un modelo nuevo y alternativo de sociedad. No una respuesta que ilusione a los que se han ido para que vuelvan. Listas únicas para que los pocos que les votan lo sigan haciendo y se note menos que la cifra baja. ¿Para qué? Para mantener viva la llama de los escaños y los puestos a la hora de intentar apuntalar otro gobierno Sánchez sin cuestionar los consensos de la UE, la OTAN o el Ibex 35 pero introduciendo matices asistencialistas en lo social. Pero sin querer ver – o si– que para eso ya está el PSOE.
Este sábado Sumar 2.0 se reune, otra vez, en Madrid. Para decir que siguen los mismos, haciendo lo mismo pero con otro nombre que no cuentan y otro liderazgo, que se intuye pero no se anuncia. Eso si, sin Podemos. Y sin Bildu, BNG, Compromis, ni Chunta, ni ERC… que es lo que querría Rufián y no se si Delgado. ¿Y todo esto para qué? Para sobrevivir, intuyo yo. Porque no es ni una propuesta rompedora, ni ilusionante, ni mucho menos vencedora. Es salvar los muebles, orgánicos y personales, ante lo que viene… que no es como dice la iluminada Santaolalla «miedo de las mujeres a salir de las calles por los nazis«, sino un pendulazo sin matices que ha llevado a una parte importante de las clases populares – especialmente las más jóvenes, pero no solo– o a la abstención o al nuevo conservadurismo patriótico de Vox. Por muchas razones, internas y externas, culturales, sociales… pero también con muchas culpas que no solo no tienen reconocimiento pero mucho menos propósito de enmienda.
¿Es posible esperar discursos verdadera y creíblemente rupturistas desde la izquierda, como para abrir espacios y ganarlos con respuestas a los problemas que la mayoría del pueblo percibe como importantes? Posible es y en otros sitios empieza a pasar: Los Verdes del Reino Unido, Mamdani en NY o BSW en Alemania. Y lo de Delgado parece un tímido llamamiento a algo similar. Otra cosa es que de momento, salvo en ciertos territorios muy concretos donde se trabaja con cierto éxito lo cercano, ni están ni se les espera a nivel general.
* Posdata: hoy han echado de la Asamblea de Madrid al diputado Delgado, que se ha enfadado por la sorna con que la portavoz de Vox le ha dado «la bienvenida a la extrema derecha». Sus compañeros de Más Madrid no le han apoyado mucho, sino que más bien le han castigado con cierto látigo de indiferencia. Creo que nos encontramos ante otro juguete roto que puede haber tenido un minuto regalado de gloria. Puede que me confunda. Pero a veces no lo hago…

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