Hace mucho tiempo que un caso de corrupción no sacude conciencias. Desde hace demasiado, apenas agria el café. Ahora se juzga el llamado “caso Koldo”, con nombres como José Luis Ábalos y Koldo García orbitando en torno a un asunto cutre y casposo, propio de un folletín de tercera, que nos vuelve a mostrar un guion demasiado conocido: contratos bajo sospecha, amistades estratégicas y explicaciones que llegan tarde, mal o nunca.
A estas alturas, uno ya no sabe qué sorprende más: si los hechos en sí o la coreografía posterior. Primero, el “yo no sabía nada”. Después, el “todo es legal”. Y, cuando la cosa se complica, el clásico “que decida la justicia”, como si la ética fuese un trámite opcional que solo se activa por orden judicial.
Lo más inquietante no es que existan casos como este o como todos los que hemos conocido a un lado y otro del espectro político, sino la sensación de que forman parte del paisaje. Como si la corrupción fuese una tasa más: inevitable, asumida y, en cierto modo, integrada en el sistema. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser individual para convertirse en estructural. Forma parte del ADN no ya de nuestra política, sino de nuestra cultura. La corrupción emana en todos los ámbitos de nuestra vida y el aprovechamiento de los favores a los que uno tiene acceso, solo está mal vista si afecta a los demás.
«Da gusto» oir a quien dice que todos los políticos son iguales mientras estafa a sus socios con la caja, paga en negro las facturas o se lleva los cartuchos de tinta de la oficina. O va a ver al concejal de turno para pedirle que se salte la lista de espera para que su nieto pueda coger plaza en natación, invita a comer al técnico de turno para ver si la licencia se mira con más cariño o celeridad o presume de tener un primo guardia que le agiliza los trámites. Esos mismos, son o somos, los mismos que luego nos indignamos en el bar. Son o somos, los mismos que votamos a los corruptos y que incluso a veces, son o somos los votados.
Moraleja
Tranquilos: seguro que el próximo escándalo nos pilla “totalmente por sorpresa”. ¡Qué escandalo, en este local se juega!, decía el capitan Renault en Casablanca, mientras se metía su sobre en el bolsillo… Así es España. Y da mucha pena.

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