Cualquier viajero que cruce hoy Sotillo y pase por delante de este edificio verá, simplemente, un bloque de viviendas más. Uno de tantos. Pero para los que ya peinamos alguna cana (y las lucimos con orgullo), ese lugar tiene nombre propio y brilla con luz de neón en nuestra memoria: allí se levantaba el Hostal Mi Casa.
El establecimiento era territorio de Tasio Rodríguez —si la memoria no me traiciona con el apellido—. Junto con la mítica Casa Camorra de la que hablé el otro día, el hostal de Tasio era uno de los pocos refugios para el forastero que buscaba cobijo en el pueblo.
El corazón del edificio latía en el comedor de la planta baja. Un salón con vida propia donde, entre diario, los obreros daban buena cuenta de platos caseros que, según cuentan las crónicas de la época, estaban de muerte. Curiosidades del destino: la que hoy es mi mujer frecuentaba aquellas mesas muchos fines de semana. ¡Y eso que ni siquiera era huésped! Pero es que el aroma de aquel comedor era un imán irresistible.
"Mi Casa" era, en el sentido más puro de la palabra, un negocio familiar. Allí arrimaba el hombro todo el mundo, del primero al último. Mis recuerdos me llevan siempre a la puerta del hostal, buscando a mis amigos Raúl y Fernando para ir a quemar energías al colegio del Calvario con nuestros juegos de la època. Pero antes de la aventura, llegaba el ritual: la merienda.
Su madre, una mujer que era puro corazón y generosidad, nos servía el manjar de los dioses: helado al corte. Y ojo, que ella fue la verdadera inventora del "Sándwich" antes de que la Camy (ahora Nestlé) o Somosierra supieran siquiera lo que era. Nos lo preparaba con dos galletas María, elevando la merienda a la categoría de alta ingeniería gastronómica. Otras tardes, el menú era más exótico: medio bocadillo de salchichas Frankfurt directas del paquete. Sin pasar por la sartén, así, a lo valiente. Creedme: era la primera vez que las probaba de esa manera y sabían a gloria bendita.
Los días en los que el invierno de Sotillo se ponía serio, nuestro refugio era una habitación justo a la derecha de la entrada. Allí, entre cuatro paredes que nos protegían del frío, nos entregábamos a partidas interminables de El Palé. Era nuestro Monopoly castizo, más nuestro, donde las tardes volaban entre billetes de papel y propiedades de cartón.
El Hostal Mi Casa no era solo un edificio; era uno de los centros de mi universo infantil. Entre el ir y venir de gente, las meriendas improvisadas y el bullicio constante, aquello me parecía una versión real de las historietas de 13, Rue del Percebe del gran Ibáñez. Había vida, había picaresca y, sobre todo, había cariño.
Mirando atrás, solo puedo decir una cosa: en Sotillo tuve la mejor infancia que un niño puede soñar.
Trespassos































