Cada vez que intento reconciliarme con su obra, me preparo: luz tenue, mente abierta, actitud moderna. “Esta vez sí”, me digo. Y entonces aparecen esos colores imposibles, esos personajes que hablan como si siempre estuvieran en el clímax emocional de su vida, y yo empiezo a sudar. No literal (bueno, a veces sí), pero hay algo en ese universo tan intensamente almodovariano que me sobrepasa.
Y ojo, entiendo su importancia, su sello, su revolución estética, su manera de retratar lo femenino, lo marginal, lo excesivo. Lo sé. Lo valoro. Incluso lo admiro… a ratos. Pero hay momentos en los que siento que estoy viendo la misma escena repetida con distinto vestuario: drama, grito, confesión, giro, más drama. Y yo, desde el sofá, pidiendo un cubata.
Mi manía con Almodóvar no es racional. Es casi física. No le soporto a el, directamente, ni a los que llevan peloteándole como lo más de lo más desde hace 40 años. Sé que el problema es mío, pero eso no lo hace menos real. Creo, sin coñas, que es un director decente, importante, necesario… pero mucho menos de lo que algunos medios han construido durante decenios. Es un producto cultural de la España moderna que queriamos vender al mundo y que ha generado un monstruo del ego encantado de conocerse bastante insoportable.
Eso sí, no pierdo la esperanza. Quizá un día vea de nuevo una de sus películas, ya que hace tiempo que he dejado de intentarlo, y no me entren ganas de salir corriendo. O de escribir otro post recordando, lo mal que me cae, como este.
PD: No es el único ¿eh? En el mundo del cine también me pasa casi lo mismo con Carmen Machi o con Nicolas Cage y sigo casi, porque a Almodobar si le detesto y a esos otros, tanto no. Manías de señor que va haciéndose mayor…

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