Había una vieja canción sotillana que la chavalería cantábamos cuando salíamos a "ver mundo"- que por aquel entonces, o el mundo era muy pequeño o nos sacaban poco de excursión- y la copla decía así: «A la entrada de Sotillo, lo primero que se ve, son las vacas de tío Chivo, que las da de comer...». Pero lo cierto es que no; entrando por la carretera más cercana a Madrid, lo primero que te recibía era nuestra fábrica de orujo (llamada así, digo yo, porque fabricaban eso precisamente).
Para mi panda de amigos y para mí, aquella vetusta fábrica era nuestro particular Port Aventura rural pero gratuito. Allí fuimos cientos de veces a escudriñar el edificio entre calderas oxidadas y naves inmensas. En el exterior estaba el pajar, que aún conservaba forraje para las "bestias", que digo yo que sería para dar de comer a los animalitos que alguna actividad tendrían en la producción "orujil". Todavía recuerdo cuando a un buen amigo se le ocurrió la "brillante" idea de zambullirse entre la paja; el resultado fue una noche tormentosa, plagada de pulgas y picaduras. De puro milagro su madre no tuvo que quemar la casa para desinfectarla.
Mi zona favorita era el piso de arriba, con un suelo de tarima —de esa que ahora llaman flotante— y cuatro ventanas sin marcos ni cristales donde los cuatro vientos campaban a sus anchas. Siempre que subía por aquella oxidada escalera vertical, soñaba con construirme una vivienda allí mismo. No lo hice, básicamente, porque uno no es rico. Desde esas ventanas accedíamos al tejado y, por las noches, nos quedábamos viendo pasar a los "pijos" que iban a la discoteca y pub de Los Charcones, de Pepe el de los Charcones. Ya más mayor, no había fin de semana que no terminara yo mismo en ese refugio de "pijos"; en realidad era una etiqueta inventada por nosotros, porque lo cierto es que el sitio estaba genial.
Esta fábrica ha tenido pocas vidas. Personalmente nunca la vi en funcionamiento, pero sí recuerdo aquellos cursos de albañilería del PPO (o algo así), que vinieron de perlas dada la capacidad constructiva de los sotillanos. Muchos años después, se convirtió en Mobel Tiétar, la tienda de muebles de mis amigos los hermanos Rodríguez. Y por favor, no los confundan con los argentinos del grupo Tequila; ¡ya quisieran los argentinos, válgame Dios! Son hijos del bueno de Víctor. No sé si os pasa a vosotros, pero creo que teníamos unos padres y madres excepcionales; al menos, los de mis amigos lo eran.
Hoy la fábrica sigue inactiva, esperando un futuro mejor. Yo, como idea soñadora y un poco en broma, creo que sería el sitio ideal para albergar un museo de arte contemporáneo al estilo de la Tate Modern de Londres, que antes de ser museo fue una central eléctrica. Porque, seamos sinceros, ¿qué tiene Londres que no tenga Sotillo? Ya os lo digo yo, nada.
Trespassos

No hay comentarios:
Publicar un comentario