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domingo, 11 de enero de 2026

El hijo de Zeus y la hija de Ávila. Por. Arami Garit Hernández




"Madrid-Puerta de Atocha-Almudena Grandes", anuncia su próximo tren con destino a "Estacion de Ávila-Teresa de Ávila".  Suena encantador a mis oídos con las piernas estiradas, mochila en el suelo y ojos apretados sobre los pómulos. Corro desesperado al anden vacío, silente, era un sueño, uno de esos que repito insaciablemente en mi encéfalo. No confundamos a Bucéfalo, caballo  de Alejandro Magno. Pero los sueños,  sueños son y Calderón de la Barca no va en ese tren. Deseo en este siglo de oro que me escuchen los poetas de la vida y al despertar dentro de ésa bola de hierro sea el maquinista quien me diga " Señor,  ha llegado a "Estación de Ávila-Teresa de Ávila". Desea  bajar al andén?.

Ponemos nombre a todo lo que suena,  respira, vuela, corre y se disipa en las nubes. Siglos y siglos en pergaminos,  papiros y libros forrados con la piel animal del recuerdo. Hemos puesto nombre a todo, a veces jugando al sustantivo escondido, al pronombre del sacerdote escribano. Me detengo y os cuento además algo que no es un simple sueño y que sin querer me hace pensar. Pudimos haberle llamado los "Postes de Hércules",  la historia le llamó columnas. Pudimos haberle llamado las "Cuatro columnas de Ávila", se les llamó Postes. La diferencia va en su forma. Cilíndrica de piedra, estructural o de madera. Al fin y al cabo material terrestre creado por Dios y por el hombre.
La historia también la cincelamos, la transformamos, la moldeamos envuelta en fábula  o transformada en una leyenda rodante en la historia de los siglos, en la rueda partida en continentes que rota y se traslada en espiral concentrica. Eso que llamamos Tierra.
La diferencia está en lo divino y lo escrito. En lo soñado y lo materializado. Hércules señaló en dos columnas el paso al fin del mundo. Ése estrecho entre dos continentes. Los Cuatro Postes representan el suplicio de Teresa. Allí la encontró su tío, dicen, para martirizarse en tierra de Moros. Ella ahora es Santa. Hércules fue semidiós. Si cambiamos la historia quizás encontremos paralelismos, o quizás no. Estamos acostumbrados a tejerla a nuestro antojo. De aquel guerrero no queda más que un estrecho, donde se erigieron gestas y ahora llaman de Gibraltar. Fue maravilla, una de las siete. Ruta del éxodo, puente de un destino al arcaico continente.

De los cuatro postes; una vista maravillosa de una ciudad, un hotel y unas escaleras de piedra irregular que indican su destino no apto para personas con una movilidad reducida. Unos peldaños que pudieran ser al cielo con permiso de Led Zeppelin. Adaptemos nuestro patrimonio a estos tiempos que ya no son los de Hércules y unas escaleras mecánicas nos harán ver por igual las maravillosas vistas de un patrimonio que es Íbero. Nos hará ver mejor las nubes que se amansan en los tejados de una ciudad  encerrada en la lámpara de aladino. O mejor dicho, encapsulada en el muro sólo frotado por el frío y la niebla de los años.


Arami Garit Hernández

lunes, 22 de diciembre de 2025

Los muros y el encierro de la mente. De una Estación Santa Teresa Amurallada. Por Arami Garit Hernández

 



Una divisoria y extensa masa de bloques apilados, canteados por maestros y discípulos de la piedra. Siglos de historia. Chinos y Mongoles. Romanos y Bárbaros. Cristianos y Musulmanes. Judios y lamentos. La Gran Muralla. El muro de Adriano. Ávila y el patrimonio de su muro; su gran muralla. Dividir,  recaudar, proteger. El pretexto humano para crear un pretexto. Al fin y al cabo, construir para evolucionar y ocupar sus almas en la desidia del dolor ajeno.


Cuando atrapamos algo, intentamos que el tiempo sea guardián de su encierro: que decida abrir, y a su vez cerrar, esas infinitas puertas; que divida en la morfología divina, el cuerpo y el alma. Seré justo. Como dijo aquel amigo, la política no cabe en la azucarera. Me detengo en esa pared por los seis meses de la vida que llevo, que aglutino en el matutino amanecer. La muralla de Ávila es esa pared que ha sorprendido mis encantos, expectativas de un sueño, una idea rota,  una caída precipitada del defraudado idilio de ese desencanto del atrapa sueños que escondemos en un cajón olvidado.

Tengo un amigo mayor. Si, tan mayor que está volviendo a su niñez. Y me cuenta, si, me cuenta cosas. Me dice que vivió amurallado, y que todos sus glóbulos rojos los moldeo en esta ciudad donde enraizó su niñez y tuvo su primera novia. Tengo un amigo culto, que no cesa en un empeño de poner un nombre.  El no es santo, ella si. Una estación, un desfile de trenes y el bullicio. Al salir, darse la vuelta y ver su nombre: "Estación de trenes Teresa de Ávila". Santa teresa. Teresa escritora, Teresa humana. Pero choca, se estrella aunque no caiga al suelo.

Volvemos al muro, a la política del muro, si, porque son militares, iglesias y oradores, quienes manipulan en sus diputadas butacas que hacer con un pueblo, con una ciudad que no sabe desapilar sus piedras. El quiso poner un nombre que no llego a su diáspora. Me gustaría tanto, pero tanto verle sonreír bajo un enorme cartel que anuncia una estación, "Estación de trenes Santa Teresa de Ávila". Pero los muros pesan, los políticos engordan y no se llevan entre si. Imaginé una ciudad encantada, rebosante de cultura, teatros llenos de teatro. Y me voy, huyo al sur, donde todo esta lleno de nombres y trascendencia cultural. Huyo del muro que espero no termine como el de Berlín. Me gustaría que fuera invisible, atravesarlo y abrir las puertas que se cerraron para que otras se abrieran.


Arami Garit Hernández
Actor, cantautor, escritor, profesor de artes escénicas. 

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