Mostrando entradas con la etiqueta fotos de sotillo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fotos de sotillo. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de julio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Sotillo ante la adversidad: la foto que ya forma parte de nuestra historia, julio 2026


 


Hay momentos en los que la historia nos alcanza de golpe. La imagen que ilustra esta entrada fue publicada por el diario El Mundo el día que las autoridades ordenaron la evacuación total de nuestro municipio a causa de la masa de humo provocada por el incendio de Burgohondo.

Esta fotografía no es solo un documento gráfico: es el reflejo de un hito en la memoria de Sotillo. Generaciones futuras de sotillanos la analizarán para comprender cómo nuestro pueblo supo hacer frente, con madurez, civismo y responsabilidad, a las consecuencias de las crisis climáticas que atravesamos.

Como siempre ha demostrado, Sotillo ha estado a la altura de las circunstancias. Sigamos demostrando el gran pueblo que somos.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos

lunes, 13 de julio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - El edificio Piqueras: el gigante dormido que un día fue el corazón del pueblo, julio 2026


 


El edificio Piqueras siempre ha estado ahí, inamovible, como si formara parte del propio paisaje de mi memoria. Si hubo un antes de sus paredes, no lo sé; para mí, el mundo en este rincón del mapa empezó con él. Hoy, lamentablemente, se alza en un franco y melancólico abandono, convertido en la sombra de lo que fue: historia viva de un lugar que una vez desbordó vitalidad.


Yo tuve la fortuna de habitar sus entrañas. Viví en su primera planta durante algunos años, justo después de dejar aquella entrañable casa de Teléfonos en el número 1 de la Plaza de Melilla.


Pero si cierro los ojos y me remonto a la infancia, el edificio Piqueras no era solo un bloque de pisos; era un auténtico paraíso de ladrillo para los niños de la época. Era el templo de «los billares». Entre el tintineo de las monedas y el humo de aquellos años, se distribuían futbolines, mesas de ping-pong y aquellos billares misteriosos con setas en medio. Las mañanas de los domingos, puntuales tras salir de misa, se convertían en un ritual junto a mis amigos. Allí no solo jugábamos; nos quedábamos embobados contemplando la elegancia de los maestros del billar francés o la velocidad hipnótica de los jugadores de tenis de mesa. Lo mío, sin embargo, era devoción pura por las máquinas de pinball: sus sonidos eléctricos, sus desafíos luminosos y la gloria que sentías cada vez que el marcador estallaba regalándote una partida gratis.


Al fondo de aquel santuario lúdico se levantaba una imponente pared que desafiaba a unos techos altísimos. Era el territorio de los mozos, que jugaban al frontón a mano abierta, golpeando el cuero contra el muro con una fuerza brutal. Sin raquetas, a puro pulmón.


¡Nos lo pasábamos en grande!


La música también encontró su hogar entre aquellas paredes. Es imposible olvidar los conciertos en directo de Los Kriptón, o los primeros acordes de Venecia, que amenizaban las tardes tiñendo el ambiente de un rock puramente sotillano. De todos ellos, a mí me fascinaba Venecia, y muy especialmente Antonio —el gran Antonio de Sotimuebles— a la batería. Era un auténtico titán de la percusión; poseía unos brazos que parecían troncos de pino y un ritmo tan endiablado que habría hecho bailar a los mismos muertos, o a Luis «el ciego», acariciando la guitarra con unos punteos tan limpios y profundos que eran capaces de hipnotizar a cualquiera.


Pero el edificio Piqueras era, ante todo, un camaleón. Lo mismo servía de sala de conciertos que de elegante salón para banquetes de boda. Recuerdo perfectamente haber asistido a uno de ellos: el de Pili, una trabajadora de Teléfonos que, si la memoria no me falla, es la viva imagen de la fotografía. De ella conservo el recuerdo de cuando yo era muy crío: una muchacha muy guapa que, años más tarde y con ojos de menos niño, pude confirmar que lo era.


En aquellos tiempos, los banquetes corrían a cargo de lo que hoy modernamente llamamos empresas de catering, pero con una diferencia sustancial: la comida no llegaba en bandejas recalentadas. La cocina se improvisaba allí mismo, justo detrás de la pared del frontón, en una construcción a medio hacer, desprovista de tejado, puertas o ventanas. En ese escenario casi irreal, entre vapores y fogones, los cocineros y camareros se afanaban en dar vida a verdaderas delicias culinarias. Y después del banquete, llegaba el clímax: el baile allí mismo, una fiesta a puerta abierta donde todo el pueblo estaba invitado a mover el esqueleto.


Hasta aquí llega el viaje por mis recuerdos en el edificio Piqueras. Sé que este gigante dormido guarda muchas más historias en sus cimientos. Por eso os propongo un trato: si conocéis algún detalle más, una anécdota o un retazo de su historia, os leo abajo, en los comentarios. ¡Hagamos memoria juntos!


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos


 

domingo, 14 de junio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La cuesta de botero, un microclima sotillano, junio 2026


 



La cuesta de Botero es un microclima dentro de Sotillo. Hubo un tiempo en que fue una arteria principal, un hervidero de comercio boyante con un pulso tan propio que nos alegraba el alma con solo pisarla. Más antiguamente —vete a saber cuándo—, aquello era la carretera de Madrid a Arenas de San Pedro, antes de que abrieran la desviación; una época que, por supuesto, a mí ya no me tocó conocer.

En mi propio idioma, es decir, en ese dialecto de la niñez sotillana, aquello no era la cuesta de Botero, sino la «cuesta de gotero». Por aquel entonces, en mi diccionario particular también habitaban palabras como guardilla y furboneta. Cuando años después me enteré de que la calle no se llamaba así —aunque en realidad el nombre nunca había cambiado—, recapacité: «Tiene su lógica; seguro que aquí vivía alguien que fabricaba botas de vino o calzado». Y bajo esa misma lógica aplastante, deduje que si yo la llamaba «cuesta de gotero», sería porque el buen hombre fabricaba los frascos de suero para los hospitales. No sé, cosas de niños.

Pero bueno, ¿por dónde íbamos? Decía que era una gran arteria, populosa y acogedora, por la que todo el pueblo, tarde o temprano, terminaba pasando para despachar sus menesteres.

Al adentrarse en este microclima callejero, conforme uno subía, topaba con la administración de lotería de los padres de mi amigo Álvaro, Epi y Juanita. Allí lucía un cartel que anunciaba, con orgullo, que hacía algún tiempo se había despachado un tercer premio del Sorteo del Niño. La administración era, en realidad, su propia casa: una oficinilla diminuta donde apenas cabía media persona. Desde la ventanilla se divisaba el salón familiar y se podía adivinar, sin margen de error, qué se iba a comer en aquella santa morada, porque olía a las mil maravillas.

Un poco más arriba se alzaba la ferretería García —esta ya de la era moderna—, regentada por Fidel. Según tengo entendido, Fidel había sido empleado en la única ferretería que existía antes, la del tío Filo,  (gran persona y mejor vendedor). De modo que aquello supuso una escisión, un auténtico cisma cuasi religioso en el pueblo. Creo que habré ido allí dos veces en toda mi vida.

Pero antes de que se me olvide, hay que hablar de la carnicería Palancas, que todavía resiste el paso del tiempo. Allí se inventaron, según las crónicas locales, las famosas morcillas de Sotillo. En aquel templo del embutido y la buena carne, la abuela se pasaba el santo día currando —gracias a Dios, el negocio siempre fue artesano—, mientras su hijo Justi ejercía de gran maestre en la atención al público, doblando el lomo también entre bastidores para echar una mano a las labores cárnicas. Justi, con una generosidad legendaria, nos plantaba delante unos platillos de morcilla seca, chorizo picante y un porrón de vino que hacían las delicias del respetable. «¡Va por ti, Justi!», parecía brindar al unísono su fiel clientela.

Pasada la ferretería, se encontraba la casa de Marí Cruz, una veraneante de los madriles que nos traía de cabeza a todos los chavales. Era aquella una época difícil, en la que las espinillas brotaban como el volcán de La Palma y los picores corporales se volvían insoportables. Nos gustaba a todos. Todos ansiábamos que se dedicara en exclusiva a nosotros, pero era una empresa imposible: había demasiado macho alfa suelto —término que entonces ni existía— y yo, un simple zagal de pueblo con un moreno color aceituna, no tenía por dónde mirarme. Carecía de todo, cortesía de los recortes de periódico con los que la madre naturaleza decidió confeccionarme.

Continuando este viaje por los pasadizos del recuerdo, me detengo en la casa de la tía monja de mi amigo José —Tole para los amigos, ¡y es que hay que ver lo buenos que son los Toledanos, joer!—. La buena mujer vivía en la mismísima Roma, pero no sé por qué extraña razón, cuando venía, nos llevaba a tomar café. Nos sentaba alrededor de la mesa camilla, con el balconcillo abierto de par en par para aplacar el bochorno del verano. Yo sospecho que su verdadera intención era reconducir nuestras pecaminosas vidas juveniles, sobre todo teniendo a Marí Cruz viviendo al lado. Sin embargo, a nosotros los santos se nos hacían figuras, como decía mi madre, y la pobre mujer regresaba a la Ciudad Eterna sin haber cumplido sus objetivos espirituales.

Y en este mapa de la memoria, es de justicia detenerme un buen rato en dos de las mejores personas que he conocido en la vida: Apolonio y su mujer, Pilar. Dos santos terrenales, dos almas enormes a las que profesé un cariño inmenso desde que era un mico y que  tuve la inmensa suerte de tratar. En su carnicería, despachaba por el bueno de Apolonio, siempre con una eterna simpatía y una sonrisa en los labios. Allí lo mismo acudíamos a comprar los bollos de Bimbo —Tigretones, Panteras Rosas y Bonys— para coleccionar los cromos de coches y luego de motos (o de motos y luego de coches, ya no me hagan mucho caso), que a por la riquísima carne que allí servían.

Más tarde, en la planta de arriba de su casa, se montó Radio Tiétar. Yo colaboraba allí, y al calor de los micrófonos conocí a sus hijas, Pilar y María Jesús, a sus respectivos maridos (Juan y el otro, de cuyo nombre, desgraciadamente, no logro acordarme) y, cómo no, a Anastasio, el cura.  Anastasio era un hombre santo que trabajaba como una mula por los pueblos más recónditos de la provincia, siempre al lado de los más necesitados. En verano daba clases de latín a los que se mostraban más tozudos con la lengua de Cicerón, y al caer la noche, algunas noches, nos lo encontrábamos  en la discoteca Trébol tomándose unas copichuelas con los amigos. Él solo encarnaba la nueva Iglesia, esa que tenemos hoy en día, pero con décadas de adelanto. Hoy es párroco en El Tiemblo, donde coincidí con él hace no mucho en un funeral. La  casa de sus padres era mi casa y les  guardo un cariño muy especial, esa es la santa verdad.

Pero, por encima de todos estos personajes, el recuerdo más nítido que conservo de la cuesta de Botero es la procesión del Corpus... creo. Ese día, la calle entera se alfombraba de tomillo para recibir el paso del Altísimo y el desfilar de los niños vestidos de comunión camino de la iglesia. Nada más pasar la chiquillería, los rezagados, nos abalanzábamos a recoger el tomillo del suelo para prenderle fuego en una de las mejores fiestas que ha parido el pueblo y que, sospecho, ya se ha perdido: las Luminarias. Niños y no tan niños saltábamos sobre las hogueras que rasgaban la oscuridad de la noche. Qué puedo decirles... era una noche verdaderamente mágica.

Sin embargo, además de la alegría, esta es también la calle de la pena. Por sus adoquines avanzan los cortejos fúnebres camino de la iglesia, saliendo del tanatorio de Lucio, esto es más moderno. Desgraciadamente, a todos nos ha tocado arrastrar los pies por allí, ya fuera por familiares o por vecinos, convirtiendo la cuesta en una triste penitencia de último adiós a nuestros seres queridos.

No sé si se lo había dicho ya, pero escribo esto porque quiero recordar para revivir. Y, sobre todo, para no dejar morir a los personajes que moldearon mi infancia. Intento dibujarlos aquí con palabras, para que no se me pierdan jamás, este es mi objetivo.


En este enlace tenéis otras imágenes más antiguas: 

https://sotillodigital.blogspot.com/2023/08/fotografias-antiguas-de-sotillo-calle.html


https://sotillodigital.blogspot.com/2026/06/cronicas-sotillanas-la-cuesta-de-botero.html


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos


lunes, 20 de abril de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Nuestra iglesia, abril 2026


 


Esta es nuestra iglesia, que acoge a nuestra Virgen de los Remedios. Mil historias hay sobre ella, mil historias que todos hemos vivido entre bodas, comuniones, bautizos y entierros.

Si voy directamente a mi historia, he de contaros que yo conocí la iglesia que había antes y que, por razones que se contaban en aquellos años, se derrumbó porque carecía de cimientos y se caía. Es de sobra conocido que el parque que tiene al lado fue un viejo cementerio en el que todavía hay muchos huesos bajo tierra. Cuando iba al cole de pequeño y, debido a las obras de ensanche de la calle justo pegada ahí, recuerdo un fémur humano atravesado en la tierra. Las malas lenguas decían que habían aparecido monedas de oro y todo. Otro de los mitos que de niño oía era que, en la Guerra Civil, cuando había muertos, se quitaban cuatro baldosas de la misma y los cuerpos se arrojaban a un misterioso sótano, y ahí seguían años después.

Volviendo a la antigua iglesia, recuerdo ver el descampado que dejaron al ser derribada; solo como centinelas permanecieron en pie la torre y lo que hoy es el altar. A este último le pusieron un gran tablón de madera para protegerlo mientras las misas se decían o en el cine de invierno de los Blasco o en el salón parroquial. Con la curiosidad de un arqueólogo frustrado que soy, me asomaba entre las rendijas de la madera y flipaba viendo ese fantasmagórico lugar donde estaba el retablo entre sombras.

Mi relación con la iglesia empezó cuando tenía la edad justa de ser monaguillo con el Padre Segundo, azote de infieles y pecadores con sus arengas en las misas dominicales; porque aquello no eran homilías, eran discursos a las tropas de Cristo para combatir el mal. Todo ese verbo encendido solo era apariencia porque luego era un buenazo, un trozo de pan cristiano que, cuando a mi hermano y a mí nos "enganchaba" para bodas, bautizos, entierros y comuniones, nos daba 25 pesetas (5 duros) que nosotros, tan bien educados en la religión judeocristiana, volvíamos a meter en el cepillo permanente de la iglesia. La santidad tiene estos caminos.

Años estuve dedicado a los oficios religiosos porque, en realidad, mi hermano y yo éramos como el servicio de guardia del catolicismo para todo tipo de eventos. Mi hermano a las campanas, al igual que "TJ al tejado" como en la famosa serie de la TV (antes no había plataformas que nos ordeñan la cuenta): Los hombres de Harrelson. Lloviera o no, mi hermano doblaba a muerto; a mí me enfundaban una sotana roja con forro que pesaba un quintal cuando esta se mojaba porque —desconozco la razón divina del Altísimo para dar más ambiente siniestro al funeral— siempre estaba nublado y lloviznaba. Yo, pobre de mí, iba el primero portando una pértiga con una cruz encima que pesaba otro quintal, puesto que  era como de bronce muy pulido y he de decir que era preciosa. Y claro, mi sotana empapada.

Como curiosidad, un día que el Padre Segundo necesitó el servicio de guardia del catolicismo, un día infernal de viento y con una fiebre que tenía de caballo, pero yo, valiente de mí, estaba jugando al fútbol en el cole del Calvario con un chándal rojo precioso del Sotillo Club Deportivo que me regaló mi padre, entrenador por aquella época del equipo de fútbol. Nos hizo un gesto con la mano el señor párroco ("venid para acá, majetes") y para allá que fuimos a oficiar la boda, ¡y cualquiera le dice que no al cura! Pues tan malito (con fiebre) estaba yo en el altar que me dio una arcada que pude tragarme, pero a la segunda aquello era difícil de contener por el tsunami que tenía en mi interior, y lo eché todo como si de un volcán se tratara. Se levantaron todos los demonios de los infiernos y el Padre Segundo, señalándome con su dedo inquisidor la dirección de la sacristía (como un árbitro de fútbol cuando saca una tarjeta roja), hizo que me fuera con la cabeza baja de vergüenza entre  risas de los asistentes. No pude levantar cabeza en un tiempo, que lo sapáis.

Pasaron los años entre ritos y rosarios de la aurora, bien tempranito por las calles de Sotillo, que digo yo que sería para rogar que lloviera por la pertinaz sequía (porque en España siempre hemos estado en sequía). Me hice más mayor y ya la sotana de monaguillo empezaba a no quedarme bien; para entendernos, me quedaba por encima de las rodillas y parecía más una majorette que un hombre de la iglesia. Me mandaron como destino a tocar las campanas porque mi hermano prácticamente se estaba jubilando del oficio de campanero. Yo me encargaba de la campana más pequeña —todo tiene un rango— y la gorda y la mediana la tocaban Fernando, el hijo de Tasio, y mi hermano. Recuerdo que, como novato, me decían: "Abre la boca, que si no te estallan los tímpanos", porque se tocaba a brazo, dándole al badajo como si no hubiera un mañana, ¡como si yo supiera dónde estaba el maldito tímpano! La escalera de la torre era de caracol, sin luz y empinada como el famoso K2 en el Himalaya.

Hice tantos servicios a la iglesia que tengo convalidado de por vida asistir, tengo una bula Papal,  a los oficios religiosos. Mi binomio en estas cosas de monaguillo de infantería era mi amigo Raúl, hijo también de Tasio, con su cara angelical y más malo que un demonio, pero que también tenía el cielo ganado porque todos, con nuestras cosas, éramos unos santos.

Luego seguías haciéndote mayor y las campanas pasaron a mejor vida. Nos gustaban más las faldas de las mozas sotillanas que las cosas de la iglesia. Es lo que tiene la pubertad: que te empieza a picar todo el cuerpo.


Trespassos 

sábado, 18 de abril de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La fábrica de orujo, abril 2026




Había una vieja canción sotillana que la chavalería cantábamos cuando salíamos a "ver mundo"- que por  aquel entonces, o el mundo era muy pequeño o nos sacaban poco de excursión- y la copla decía así: «A la entrada de Sotillo, lo primero que se ve, son las vacas de tío Chivo, que las da de comer...». Pero lo cierto es que no; entrando por la carretera más cercana a Madrid, lo primero que te recibía era nuestra fábrica de orujo (llamada así, digo yo, porque fabricaban eso precisamente).

Para mi panda de amigos y para mí, aquella vetusta fábrica era nuestro particular Port Aventura rural pero gratuito. Allí fuimos cientos de veces a escudriñar el edificio entre calderas oxidadas y naves inmensas. En el exterior estaba el pajar, que aún conservaba forraje para las "bestias", que digo yo que sería para dar de comer a los animalitos que alguna actividad tendrían en la producción "orujil". Todavía recuerdo cuando a un buen amigo se le ocurrió la "brillante" idea de zambullirse entre la paja; el resultado fue una noche tormentosa, plagada de pulgas y picaduras. De puro milagro su madre no tuvo que quemar la casa para desinfectarla.

Mi zona favorita era el piso de arriba, con un suelo de tarima —de esa que ahora llaman flotante— y cuatro ventanas sin marcos ni cristales donde los cuatro vientos campaban a sus anchas. Siempre que subía por aquella oxidada escalera vertical, soñaba con construirme una vivienda allí mismo. No lo hice, básicamente, porque uno no es rico. Desde esas ventanas accedíamos al tejado y, por las noches, nos quedábamos viendo pasar a los "pijos" que iban a la discoteca y pub de Los Charcones, de Pepe el de los Charcones. Ya más mayor, no había fin de semana que no terminara yo mismo en ese refugio de "pijos"; en realidad era una etiqueta inventada por nosotros, porque lo cierto es que el sitio estaba genial.

Esta fábrica ha tenido pocas vidas. Personalmente nunca la vi en funcionamiento, pero sí recuerdo aquellos cursos de albañilería del PPO (o algo así), que vinieron de perlas dada la capacidad constructiva de los sotillanos. Muchos años después, se convirtió en Mobel Tiétar, la tienda de muebles de mis amigos los hermanos Rodríguez. Y por favor, no los confundan con los argentinos del grupo Tequila; ¡ya quisieran los argentinos, válgame Dios! Son hijos del bueno de Víctor. No sé si os pasa a vosotros, pero creo que teníamos unos padres y madres excepcionales; al menos, los de mis amigos lo eran.

Hoy la fábrica sigue inactiva, esperando un futuro mejor. Yo, como idea soñadora y un poco en broma, creo que sería el sitio ideal para albergar un museo de arte contemporáneo al estilo de la Tate Modern de Londres, que antes de ser museo fue una central eléctrica. Porque, seamos sinceros, ¿qué tiene Londres que no tenga Sotillo? Ya os lo digo yo, nada.


Trespassos

viernes, 27 de marzo de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS -Nuestra Gasolinera: Historia Viva de Sotillo , marzo 2026


 







Nuestra gasolinera, la de Sotillo, está unida irremediablemente a nuestra historia. Personalmente, la recuerdo desde que empecé primero de EGB en las escuelas del Calvario, donde coches flamantes y carromatos con motor de sacar agua  repostaban el tan preciado líquido. En ella hemos esperado al señor gobernador civil de la provincia de Ávila entre aplausos y vítores de júbilo. Este hecho era todo un acontecimiento en la vida diaria de nuestro querido pueblo, puesto que no solo nos visitaba él; también lo hacía una cohorte de “prebostes” (palabra que es un pequeño homenaje al gran Ibáñez, creador de Mortadelo y Filemón), de “tiralevitas” (homenaje al gran periodista José María García periodista de la tristemente desaparecida Antena 3 de Radio) y, cómo no, una pequeña representación del gobierno militar de nuestra provincia, acompañados a veces por las juventudes de España encuadradas en el Frente de Juventudes.

Pero recuerdo también de nuestra gasolinera a la Guardia Civil apostada con su capote y mosquetón en ristre en las duras noches de invierno, esperando que apareciera el enemigo público número uno de España: El Lute. Nunca apareció. ¡Cuánto miedo pasé cuando este "fugitivo" se escapaba de la cárcel! provocando  entre la chavalería un miedo atronador en aquellas noches de invierno, puesto que, según tengo entendido, en el pueblo tenía familia y, por lo que sea, venía a visitarla (como si fuera tonto).

Aún tengo en mente, aunque algo difusa, la antigua estación de servicio: blanca, con un sabor añejo. Cuando la derribaron para construir la nueva CEPSA, la cubierta que cubría los surtidores de color rojo estaba hecha de cañizo y escayola. Entre la inocencia de nosotros, los niños, se decía que entre el cañizo habitaba una pléyade de piojos que iban a devorar nuestras cabezas infantiles (miedos, miedos y más miedos).

Por ella hemos pasado prácticamente todos a ponerle gasolina a nuestro primer coche, casi todos ellos “más viejos que España” (como dice un amigo mío), para luego ir fardando al Paparazzi, el de nuestro amigo Luis, a chulearnos de una chatarra con carrocería algo difusa debido a los golpes y a la pintura que se iba destiñendo, en el cual no entraban ni las moscas.

Como veis, forma parte de nosotros, se llame como se llame, y hoy aquella vieja gasolinera ha sido remodelada para darle un aspecto moderno y atractivo, para invitarnos al consumo de estas cosas que se venden en ella. Hoy viste con sus mejores galas, pasando del color rojo ya desteñido de la antigua CEPSA al nuevo y ecológico color azul mar (o cielo) de la nueva puesta en escena de esta petrolera española con este nuevo nombre: Moeve, adaptándose a la era digital, a la inteligencia artificial y a los nuevos hábitos de consumo.

¡Larga vida a nuestra gasolinera!

PD: He querido ilustrar este artículo con la evolución de las obras, puesto que pasará el tiempo y esto quedará para ser visto alguna vez por las nuevas generaciones de sotillanos que mirarán con nostalgia nuestra historia. Va por todos ellos.


Trespassos

sábado, 31 de enero de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Hostal Mi Casa, Enero de 2026


 

Cualquier viajero que cruce hoy Sotillo y pase por delante de este edificio verá, simplemente, un bloque de viviendas más. Uno de tantos. Pero para los que ya peinamos alguna cana (y las lucimos con orgullo), ese lugar tiene nombre propio y brilla con luz de neón en nuestra memoria: allí se levantaba el Hostal Mi Casa.

El establecimiento era territorio de Tasio Rodríguez —si la memoria no me traiciona con el apellido—. Junto con la mítica Casa Camorra de la que hablé el otro día, el hostal de Tasio era uno de los pocos refugios para el forastero que buscaba cobijo en el pueblo.

El corazón del edificio latía en el comedor de la planta baja. Un salón con vida propia donde, entre diario, los obreros daban buena cuenta de platos caseros que, según cuentan las crónicas de la época, estaban de muerte. Curiosidades del destino: la que hoy es mi mujer frecuentaba aquellas mesas muchos fines de semana. ¡Y eso que ni siquiera era huésped! Pero es que el aroma de aquel comedor era un imán irresistible.

"Mi Casa" era, en el sentido más puro de la palabra, un negocio familiar. Allí arrimaba el hombro todo el mundo, del primero al último. Mis recuerdos me llevan siempre a la puerta del hostal, buscando a mis amigos Raúl y Fernando para ir a quemar energías al colegio del Calvario con nuestros juegos de la època. Pero antes de la aventura, llegaba el ritual: la merienda.

Su madre, una mujer que era puro corazón y generosidad, nos servía el manjar de los dioses: helado al corte. Y ojo, que ella fue la verdadera inventora del "Sándwich" antes de que la Camy (ahora Nestlé) o Somosierra supieran siquiera lo que era. Nos lo preparaba con dos galletas María, elevando la merienda a la categoría de alta ingeniería gastronómica. Otras tardes, el menú era más exótico: medio bocadillo de salchichas Frankfurt directas del paquete. Sin pasar por la sartén, así, a lo valiente. Creedme: era la primera vez que las probaba de esa manera y sabían a gloria bendita.

Los días en los que el invierno de Sotillo se ponía serio, nuestro refugio era una habitación justo a la derecha de la entrada. Allí, entre cuatro paredes que nos protegían del frío, nos entregábamos a partidas interminables de El Palé. Era nuestro Monopoly castizo, más nuestro, donde las tardes volaban entre billetes de papel y propiedades de cartón.

El Hostal Mi Casa no era solo un edificio; era uno de los centros  de mi universo infantil. Entre el ir y venir de gente, las meriendas improvisadas y el bullicio constante, aquello me parecía una versión real de las historietas de 13, Rue del Percebe del gran Ibáñez. Había vida, había picaresca y, sobre todo, había cariño.

Mirando atrás, solo puedo decir una cosa: en Sotillo tuve la mejor infancia que un niño puede soñar.


Trespassos

   

domingo, 25 de enero de 2026

CRONICAS SOTILLANAS - BAR / CASA CAMORRA, Enero de 2026




¿Quién no se ha tomado alguna vez un café en el Bar Camorra? ¿Quién no ha cogido el autobús de "El Gato" para ir a Madrid? Seguramente, muy pocos sotillanos y sotillanas podrían decir que no.

De este lugar tan emblemático de nuestro pueblo guardo recuerdos imborrables; sobre todo esos primeros cafés antes de subir al autobús. Si no recuerdo mal, era a las siete de la mañana cuando Don Pedro Caballero, un auténtico maestro del volante, nos recogía para llevarnos seguros hacia la capital. Aquella ruta era una verdadera aventura, tortuosa como un demonio por esas curvas insufribles de camino a Cadalso de los Vidrios y Cenicientos, de donde aún retengo la imagen de su inmensa cooperativa de vino dándonos la bienvenida a la entrada.

En aquel entonces, Casa Camorra no era solo un bar, sino también una pensión para obreros y visitantes esporádicos. Junto al Hostal Mi Casa —del que algún día os hablaré—, eran los dos únicos lugares donde uno podía hospedarse en el pueblo. Siempre recordaremos a "Camorra", el dueño, con su inseparable chaquetilla blanca de hostelero de raza y una sonrisa permanente, muy cercano con todo el que entraba por su puerta.

He de confesaros que, a día de hoy, el edificio me sigue pareciendo precioso. Sus balcones tienen unas barandillas de bella factura y la fachada aún conserva un buen estado. Desconozco si actualmente está en venta o si existe algún proyecto para él, pero sería maravilloso volver a ver sus puertas abiertas y, simplemente, llenarlo de vida otra vez.

En este enlace os dijo una fotografía antigua del dueño de este establecimiento con unos amigos: 

https://sotillodigital.blogspot.com/2019/10/casa-camorra.html


 

Y si queréis leer mas crónicas sotillanas podéis pincha este enlace: 

https://sotillodigital.blogspot.com/search/label/cronicas%20sotillanas


Trespassos






jueves, 8 de enero de 2026

SOTILLO DE LA ADRADA - Tallaje de los Quintos de 2026


 

Este fin de semana, los Quintos 2026 serán protagonistas en nuestro pueblo con algunas de sus celebraciones más tradicionales y jornadas de convivencia, como la Ronda a la Virgen y la Noche de Ronda por las calles y plazas de Sotillo, declarada Fiesta de Interés Turístico Regional por la Junta de Castilla y León.
📌El acto de tallaje de los Quintos tendrá lugar el sábado 10 de enero a las 11.00 horas en el Ayuntamiento de Sotillo, en lo que supondrá un acto emotivo para los jóvenes y sus familias, dando continuidad a este acto institucional recuperado en los últimos años después de décadas sin celebrarse.
Desde el Ayuntamiento, invitamos a todos los vecinos y visitantes de Sotillo a acompañar a nuestros Quintos 2026 en todos los actos que van a protagonizar estos días y queremos reconocer su importante grado de participación durante la programación navideña municipal (Visita de Papá Noel, Visita del Paje Real, Preuvas Nochevieja y Cabalgata de Reyes).
¡Vivan los Quintos del año!

domingo, 31 de agosto de 2025

CRÓNICAS SOTILLANAS - CENA DE QUINTOS Y QUINTAS DEL 63, AGOSTO 2025

 


 


Como es tradición, ayer nos reunimos para la cena de quintos y quintas del 63 en el bar Las Palmeras de Sotillo. El ambiente fue, como siempre, inmejorable.

Nos juntamos un grupo de buena gente, y es que no sé qué tiene ese año en particular, pero los nacidos en 1963 tenemos algo especial. Por supuesto, sin menospreciar a los de otras generaciones. Compartimos recuerdos, desde anécdotas del servicio militar hasta las dolencias que, con el paso de los años, se hacen más evidentes. Y, cómo no, el tema recurrente: las ganas de jubilarnos de una vez por todas.

Entre risas y charlas, los asistentes a esta magnífica velada fuimos: Pedro, José, Álvaro, Joaquín, Mariángeles, Menchú, Rosi, Mari Paz, Asun, Manolo, Ana, David, Isaac y Goyo.

Por mi parte, solo puedo daros las gracias por vuestra compañía y por el gran rato que pasamos juntos.


Trespassos

domingo, 10 de agosto de 2025

CRÓNICAS SOTILLANAS - CASA DE LA CALLE TÍETAR, AGOSTO 2025 (56)


 



La curiosidad me ha llevado siempre a observar el mundo que me rodea, y así descubro cosas que me resultan fascinantes, como esta casa.

Es una verdadera rara avis en Sotillo, aunque el estilo arquitectónico del pueblo ya es ecléctico, curioso y encantador por sí mismo. Lo que siempre me ha llamado la atención de esta vivienda son sus adornos en bajorrelieve, que me hacen pensar en el Art Decó por sus formas geométricas en la fachada. Estoy seguro de que estaréis de acuerdo en que es, como mínimo, muy peculiar.

Desconozco quién es su dueño o quién diseñó los planos, pero ahí está, para que todos podamos disfrutar de ella.


Trespassos

miércoles, 30 de julio de 2025

(50) CRÓNICAS SOTILLANAS - EDIFICIO DE CRUZ ROJA EN SOTILLO, JULIO 2025


 

Toda una institución imprescindible es la que estáis contemplando con este edificio. Su historia comienza, creo, hace unos cuarenta años o más, cuando alguien vio la necesidad de tener un referente humanitario no solo para Sotillo sino también para la comarca.

Los que fueran los fundadores, que no lo sé, tuvieron el sueño de crear la Cruz Roja sotillana donde todos arrimaron el hombro. Primero, crearon la asamblea (cuestión administrativa), viendo la "obligación" de tener un centro asistencial de urgencias, inexistente hasta este momento para la comarca. Después, los constructores del pueblo donaron gran parte o todos los materiales para su construcción, para terminar con, digamos, ese ejército de manos voluntarias que en su tiempo libre pusieron los ladrillos de la nueva sede comarcal. No nos podemos olvidar del Ayuntamiento, que cedió el terreno para hacer realidad este sueño. ¡Eran otros tiempos!

Desde entonces, muchos jóvenes de Sotillo y de la comarca han pasado a formar parte de la historia de la Organización cuando decidieron hacer su servicio militar en las desaparecidas tropas de socorro como voluntarios. Y cómo no, las famosas urgencias con profesionales de la salud, entre médicos y enfermeras, y donde la ambulancia, de Cruz Roja también, formaba parte del dispositivo sanitario de la época.

En mi recuerdo tengo a esos soldaditos ataviados con el uniforme militar con distintivo de la Cruz Roja, tomando el fresco en su puerta cuando el calor mañanero apretaba en verano, o cómo la Guardia Civil, no sé a qué son, formaba a estos casi imberbes muchachos a las puertas del edificio. Hay cosas que nunca entenderé.

Pero lejos de su historia y de sus momentos que han marcado a este pueblo, el sueño continúa. La labor humanitaria de la Cruz Roja sigue funcionando en Sotillo, con fuerza, con su labor callada, porque las necesidades siguen existiendo, y ahí están, pico y pala, los profesionales, los voluntarios y los socios arrimando el hombro con algo que, desde mi punto de vista, tiene una utilidad pública fundamental, no solo en las tareas encomendadas que Cruz Roja ha aceptado voluntariamente, sino también porque esta organización vertebra el territorio nacional.


Y ahí siguen estando, para ti, para todos. 


Trespassos



lunes, 28 de julio de 2025

(47) CRÓNICAS SOTILLANAS - LA ALISEDA, JULIO 2025



 

Quien te ha visto y quien te ve, querida Aliseda, lo que has sido y lo que eres. Veo la Aliseda en estos tiempos que corren, donde machacamos al medio ambiente, y me produce una tristeza terrible.

De bien chico visitaba este "espacio natural" intervenido por el hombre, o más bien, diseñado por el hombre, donde todos sus árboles estaban alineados perfectamente y donde daba gusto estar. En mi edad escolar lo visitábamos el Día del Medio Ambiente con la escuela, de la mano del tristemente desaparecido ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza), donde nos explicaban cosas de la naturaleza, su importancia y la manera de conservar el patrimonio de todos. Un año incluso, el alcalde-maestro de Sotillo, Don Julio, bajo supervisión de este Instituto, cortó uno de los árboles que seguramente estaba enfermo o podrido, porque si no no se entiende esta acción en ese Día del Medio Ambiente. Tengo en mi memoria, no sé si producido por la leyenda del "Arroyo de la Matanza" y su relación con la Guerra Civil, y del que hablé en otro post, de ir a buscar restos de la contienda, es decir, metralletas y pistolas, en ese afán aventurero de la historia que siempre he tenido.

En la Aliseda he ido a escuchar música con los amigos, a pasar el tiempo con la novia o simplemente a estar, ya que era un sitio fresquito.

Luego vino el "progreso" y se construyó lo que es hoy la piscina municipal y algo tan absurdo como la pista de educación vial que creo que no se usa, seguramente bajo la sombra de alguna que otra subvención de la Junta de Castilla y León.

La Aliseda está de capa caída, necesita una intervención urgente mediante una repoblación forestal con la misma filosofía que sus primitivos repobladores y ganar otra vez para nuestros hijos este espacio natural para mí muy necesario.


Trespassos

sábado, 26 de julio de 2025

(46) CRÓNICAS SOTILLANAS - BODEGAS DE LA CALLE SANCHO DÁVILA ESQUINA CON LA CALLE MÁRTIRES. JULIO 2025


 

Un Tesoro Antiguo de Sotillo

Este impresionante edificio en Sotillo es uno de los pocos vestigios "antiguos" que van quedando. A pesar de su relevancia, desconozco gran parte de su historia, aunque siempre me ha fascinado. Lo que sí sé es que alberga unas antiguas bodegas que aún conservan intacto todo lo necesario para la elaboración de vino, bodegas que, por cierto, nunca he visto funcionando.

Sin embargo, hay un recuerdo que sí logro evocar, aunque quizás no sea del todo cierto: ir allí con mi madre a entregar garrafas del tristemente célebre aceite de colza, en la época del envenenamiento masivo que afectó a tantos ciudadanos españoles. Recuerdo un gran patio al que se accedía, lleno de garrafas que  aquellas personas depositaban ya que creían tener ese brebaje en sus domicilios.

Según me han comentado, el edificio goza de algún tipo de protección, aunque no tengo claro si abarca la estructura completa o solo sus fachadas. He querido compartir esta imagen aquí como testimonio de su existencia, por si algún día, lamentablemente, desaparece.


Trespassos

martes, 22 de julio de 2025

(40) CRÓNICAS SOTILLANAS - PLAZA DE MELILLA, JULIO 2025



 


Podría llegar a decir que la Plaza de Melilla de Sotillo era mi PlayStation, ya que los niños de mi época no necesitábamos estas "maquinitas" (porque no existían, claro) para disfrutar del momento. Solo con el dicho aquel de: "las calles para correr y los cantos para tropezar" teníamos bastante.

Mi recuerdo de esta plaza empieza por los vecinos. La señora Domi, cuyo hijo creo que se llamaba Daniel, en una esquina. Esta casa se ha tirado hace bien poco, luego una casa grande en lo que hoy ocupa la tienda de electrodomésticos, que constaba de casa baja con oficina (porque allí se gestionaban papeles) y un precioso jardín lleno de flores de la familia conocida como "los calabaza". Víctor Rodríguez (tío alegre y simpático como nadie) con su carnicería y también venta de muebles, con cuyos hijos, Gustavo y Carlos, yo jugaba. Y en una esquina donde hoy está La Caixa, uno de los hijos del dueño de la piscina Las Terrazas, Eduardo, que vendía piensos, creo recordar, y hacía vino dulce cuando era la temporada. Y luego, subiendo hacia la Plaza de Arriba por la calle Cabo Vicente Barderas, mi amiga también de juegos, Mariángeles. Pero el edificio importante, por decirlo de alguna manera, es donde está la oficina de turismo hoy, antes Correos, que era la casa de Teléfonos donde yo vivía.

La Plaza de Melilla tenía una gran vida. Era como otro centro más de Sotillo, ya que era el paso casi obligado a la Plaza del Generalísimo, hoy Plaza de Abajo, y a la Plaza de Arriba. También era el paso de los obreros de una de las fábricas que existían, la de los Reginos (o la de madera, que no recuerdo), que con sus chaquetillas al hombro ocultaban los troncos de madera al salir cuando en su chimenea, a la una exacta de la tarde, pitaba para terminar la jornada laboral de la mañana.

De Teléfonos guardo gratos recuerdos, sobre todo en verano, cuando se abrían las ventanas de par en par para "robar" algo de fresco al día y donde todo el mundo se asomaba para saludar a las telefonistas (una llamada Ana y luego hijas de Manolo, el de La Perdiz Blanca). Por las noches era algo muy parecido, ya que mi madre sacaba las sillas al fresco, mi padre la tele, y todo el mundo se paraba también a saludar, y ni veíamos peli ni veíamos ná.

De la propia plaza me viene a la cabeza los caballitos, que yo creo que era la primera vez que se ponía algo así en el pueblo, los cuales nos regalaban fichas para montar por las molestias. Estos repitieron durante varios años. Y las noches de las luminarias, que en la plaza se hacía una con muebles viejos y el tomillo que cogíamos cuando pasaba por la Cuesta de Botero (por mí conocido hasta hace bien poco como la Cuesta de Gotero) la procesión del Corpus. Ese día era el mejor del año, era un día mágico por el fuego y por saltar las llamas, como siempre, con los amigos.

La Plaza de Melilla era nuestro barrio, en él he disfrutado muchísimo en la mejor infancia que uno puede tener. Gracias a todos esos amigos con los cuales he compartido grandes momentos, hoy entrañables.

 

Trespassos

lunes, 21 de julio de 2025

(39) CRÓNICAS SOTILLANAS - LOS LANCHARES, JULIO 2025


  


Los que tenemos una edad sabemos lo que ha significado Los Lanchares para los que éramos niños. En ese lugar, y al no disponer de ni un solo tobogán, ya que en esos años los ayuntamientos no dedicaban sus presupuestos a esas cosas, era un lugar donde niños de distintos barrios de Sotillo socializábamos mediante el juego o, en algunos casos más problemáticos, quedábamos para hacer canteas  (tirarnos piedras) por eso de defender la dignidad y el honor  de nuestros barrios (juego de patriotas).

En esa piedra granítica nos deslizábamos niños y niñas, dejándonos las culeras de los pantalones los chicos, y las bragas las chicas. Llegamos a idear cosas para evitar sufrir la bronca de nuestras madres, como usar cartones o tablas que también quedaban destrozadas. Para darle más velocidad al asunto incluso echábamos tierra para que el deslizamiento fuera mayor.

¡Cuántas tardes he pasado allí deslizándome con mis amigos y amigas, entre risas, gritos y algún que otro empujón!

Hoy Los Lanchares es un acondicionado parque donde incluso se hacen los conciertos de las velas en verano, dentro de la programación cultural del municipio, pero aún como cicatriz permanente sigue el surco de las generaciones de sotillanos que nos hemos deslizado por ese único tobogán natural que hemos tenido y que incluso el ayuntamiento ha respetado, no dando continuidad al murete que lo rodea, me imagino que para que siga sirviendo de juego para los chavales.

Los Lanchares están en la Calle Mártires.


Trespassos

domingo, 20 de julio de 2025

(37) CRÓNICAS SOTILLANAS - CINE BLASCO, JULIO 2025





Si a alguien hay que reconocerle lo importantes que han sido para el pueblo esos son los "Blasco". Gracias a ellos hemos tenido una ventana abierta al mundo, a la cultura y, cómo no, a la imaginación, y todo gracias al Cine Blasco, que junto con el Cine Las Terrazas, tristemente desaparecido, nos ha hecho  disfrutar del  mundo del celuloide.

La primera película que vi en mi vida, con escasos doce años, y gracias a mi tío Andrés, fue en el Cine Blasco. El título, creo recordar, era "La noche de los muertos vivientes", la cual me produjo tanto pánico que me duró prácticamente hasta incorporarme a filas por exagerar un poco. He de reconocer que me marcó muchísimo ver salir a tantos esqueletos de sus tumbas, todos ellos muy cabreados y dispuestos a merendarse a los vivos.


Si sigo hablando del cine primigenio desde mi punto de vista, hay otra película que vi con mi padre y que no me quedó nada claro su argumento porque no entendía absolutamente nada. Esta era "Sin novedad en el Alcázar", película italiana rodada en España en 1940, y no sé la razón de por qué se repuso años más tarde en este cine. Cuando la veía, recuerdo que a mi padre le preguntaba: "Pero, ¿contra quién luchan los españoles?". Mi padre no sabía qué responderme porque la realidad es que los españoles luchaban contra los españoles, y eso que yo pensaba que los enemigos eran franceses por la manía que les tenía, no sabiendo muy bien por qué.

He disfrutado mucho en ese cine viendo los grandes estrenos del momento, donde había tortas para entrar a ver películas como Fiebre del sábado noche, Grease o La guerra de las galaxias. No todo eran comodidades, ya que los bancos de hierro, guardados todos detrás de su pantalla durante el invierno, eran horrorosos. Como aquellos baños donde siempre olía mal y parecía que se había cometido un crimen con aquella bombilla roja que los iluminaba, que parecía  mas que allí se estaban revelando fotos.


Me gustaba su bar, entrañable, donde el bueno de Juan (Blasco) al que recuerdo con afecto y uno de sus hijos, , después de estar en las máquinas de proyección, se bajaba a servir las bolsas de patatas y Cocacolas, ya que nos interrumpía la peli poniendo aquello  que tanto me desesperaba de: "visite nuestro bar". Puedo decir que era un hombre que no paraba, hacía de todo, arriba y abajo, preocupado por la meca del cine sotillano y al que alguna vez injustamente pitábamos porque la imagen estaba desenfocada.

Recuerdo también del Cine Blasco su cine de invierno, con su olor característico a naftalina, donde incluso he escuchado misa de domingo cuando la iglesia actual estaba en construcción, donde se proyectaban películas infumables de invierno. En ese cine de verano he disfrutado hasta en invierno cuando nos subíamos a las máquinas a buscar fotogramas que el bueno de Juan cortaba para empalmar las bobinas y que Juan Carlos (Blasco) y yo poníamos en unos visores de plástico para poder ver las escenas. O los carboncillos que producían la luz dentro de las maquinas y que utilizábamos para pintar en las paredes. El mundo del Cine Blasco me parecía un entorno mágico, por eso de la "magia" del cine.


También tenía un pequeño bar que casi nunca funcionó, y que en una época regentó mi padre y años después la familia Celada. Del primero recuerdo poco, o solo que mi padre me ponía Cocacolas o Mirindas con patatas, las cuales mojaba en ese líquido endiablado que hasta en la actualidad me tiene enganchado, y de la segunda, bastantes años después, las patatas al ajillo con vinagre que eran un manjar y que jamás he vuelto a probar, desgraciadamente.

Podría extenderme más, pero con esto ya voy servido.


Hasta la fecha, el Cine Blasco de verano sigue funcionando, pero con otros gestores.

Este edificio está situado en la calle Doctor Pedro Cifuentes 1.


ÍNDICE