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lunes, 7 de septiembre de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS -Casa López: fútbol, KONGA y recuerdos de otros tiempos , septiembre 2026







Casa López era uno de esos rincones de mi infancia que se quedaron guardados para siempre en algún lugar de la memoria.

Cuando pienso en él, me vienen a la cabeza las ferias de ganado que se celebraban, creo que un viernes al mes, y que convertían la zona de El Teso y la plaza de toros en un hervidero de animales, tratantes, vecinos y visitantes. Era un importante punto de negocio e intercambio, hasta el punto de que, si no me falla la memoria, había tres bares en aquella zona. Uno de ellos era este del que hoy os hablo.

Durante las fiestas, además, el ambiente era todavía mayor. El bar se llenaba de sotillanos y visitantes que se tomaban los famosos chatos de vino mientras hablaban, seguramente, de la última corrida de toros o de la que estaba a punto de llegar. Había un ambientazo de los de antes, de esos que hoy cuesta encontrar y que, con el paso del tiempo, uno recuerda todavía con más cariño.

Pero mi relación con este lugar no viene solo de las ferias o de las fiestas. Casa López forma parte también de mis recuerdos futbolísticos. Y digo «futbolísticos» siendo generoso conmigo mismo.

En aquellos años jugábamos al fútbol en el campo de El Teso, cuando todavía era de tierra y las líneas del campo eran más imaginarias que otra cosa.

El gran organizador de aquellas pachangas era mi amigo Roberto González, nuestro Ancelotti, gran aficionado al deporte en general. Roberto tenía la capacidad de poner de acuerdo a veintidós personas para estar cada sábado a las once de la mañana en el campo. Y todo esto, ojo, sin grupo de WhatsApp. Cierto es que era y es muy muy bueno, nos aguantaba a todos.

Y no fallábamos.

Allí estábamos Roberto, mi hermano Antonio, Raúl y Fernando Rodríguez, Gustavo y Carlos Rodríguez, Santiago Blasco y alguno más que ya no recuerdo. La verdad es que han pasado unos cuantos años.

Lo que sí recuerdo perfectamente es que muchas veces éramos tantos que el canalla de Roberto me dejaba en el banquillo. Y yo me cogía mi correspondiente cabreo, porque no había sábado en el que faltara a la cita.

Ahora, muchos años después, lo entiendo.

He sido un gran paquete futbolístico. Incapaz de dar una a derechas y, sinceramente, alguien que no valía ni para estorbar en el campo. Pero entonces no tenía la perspectiva que tengo ahora y la testosterona hacía su trabajo: me cabreaba como un mono.

La pasión de Roberto por aquellos partidos llegó a tal nivel que el «entrenador» o «seleccionador» de todo aquello decidió emitir unos carnés con nuestros nombres, hechos de madera o un material parecido. El compromiso era que todo aquel que tuviera uno en su poder tenía garantizado jugar.

Bueno… no fue exactamente así.

Si había mucha gente, a mí me tocaba estar en la banda. Pero fuera de ella.

Y después del partido llegaba lo mejor.

Terminábamos juntos en Casa López, sentados alrededor de aquellas mesas, tomando su célebre KONGA de naranja, de limón o de cola. Todo ello a muy buen precio, como correspondía a aquellos tiempos. No recuerdo quién nos atendía, aunque creo que era una mujer.

¡Y qué rica estaba aquella KONGA!

Claro que entonces las cosas del azúcar no se controlaban como ahora. Aquello debía de llevar gramos de azúcar como si no hubiera un mañana.

Hoy somos mucho más finos. Ahora tomamos electrolitos, bebidas isotónicas y todo tipo de cosas que parecen diseñadas para hacernos creer que sabemos lo que hacemos.

Bueno, yo no.

Yo soy más de torreznos.

Aquellos momentos después del partido eran probablemente lo mejor de todo. Allí nos reíamos, comentábamos las jugadas —seguramente algunas bastante discutibles—, hablábamos de nuestras cosas y, si se terciaba, quedábamos para la tarde-noche.

Visto desde hoy, eran tiempos gloriosos.

No porque todo fuera necesariamente mejor, sino porque éramos más jóvenes, teníamos menos preocupaciones y sabíamos disfrutar de cosas tan sencillas como un partido entre amigos y una KONGA después.

Por eso quería contaros esta pequeña historia del Bar López.

Porque los lugares también forman parte de nuestra memoria. Algunos desaparecen, otros cambian y algunos simplemente envejecen con nosotros.

Y antes de que la climatología termine borrando el cartel que todavía puede leerse en ambos lados de la casa, quería dejar aquí este recuerdo.

El recuerdo de un bar, de unas ferias, de unos partidos de fútbol, de unos amigos y, sobre todo, de una época que, vista desde la distancia, fue realmente gloriosa.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos

martes, 25 de agosto de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Talleres Jai-Mari, agosto 2026




Si hablamos de talleres míticos de los que yo recuerdo, de aquella época gloriosa, solo me vienen a la memoria tres: Talleres Coloma, Jai-Mari y otro enorme que tenía incluso un surtidor de combustible y que estaba situado en lo que hoy es el restaurante Pancho. Como el edificio de los Coloma ya no existe, ni tampoco aquel otro taller, hablaré únicamente del genuino «engrase» de Jai-Mari.

Porque antes de la posmodernidad y de la tontería que tenemos encima, a lo que hoy llamamos simplemente «cambiar el aceite» se le llamaba «engrase». Y los talleres multimarca, que ahora nos parecen algo moderno, ya existían hace muchos años, cuando prácticamente todos los talleres lo eran.

Sé poco de aquel taller, salvo que trabajaban todas las marcas y que su dueño, Jaime, estaba todo el santo día pendiente de los coches que por allí pasaban. Era un hombre trabajador y eficiente, de esos que recibían a sus clientes con amabilidad y se preocupaban de verdad por sus vehículos.

El taller era grande para aquella época. Siempre había ruedas apiladas en algún rincón, herramientas por todas partes y algún coche subido a los elevadores. Su segundo de a bordo era su hijo, también llamado Jaime, siempre con su eterno mono azul y un trapo en las manos, con el que se limpiaba el aceite de las suyas. Entre los dos llevaban el taller como una auténtica pareja de directores de orquesta, cada uno pendiente de su cometido y, sobre todo, de que todo funcionara.

Recuerdo especialmente aquella entrada llena de coches esperando su turno y la actividad frenética que se respiraba dentro. Era uno de esos lugares que formaban parte del paisaje cotidiano del pueblo y que, sin darnos cuenta, acabaron convirtiéndose en parte de nuestros recuerdos.

Por eso creo que Jai-Mari merece un lugar en nuestra memoria. Y, si hablamos de conservar nuestro patrimonio —también ese patrimonio industrial y comercial que forma parte de la historia de nuestros pueblos—, sería bonito recuperar y restaurar su gran cartel, ese que todavía puede verse desde la carretera.

Porque un cartel puede parecer poca cosa, pero detrás de él hay una historia, un oficio, una familia y varias generaciones de vecinos que pasaron por allí. Y, sin duda alguna, forma parte de la identidad de nuestro pueblo.

Seguro que vosotros tendréis algo mas que añadir. 


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos

lunes, 10 de agosto de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Bar Restaurante Tarelo, agosto 2026


 


Hoy no vengo a contaros historias del pasado ni a desempolvar recuerdos, aunque guarde miles en la memoria. Hoy quiero hablaros de un rincón de Sotillo que me fascina por muchos motivos, y porque estoy convencido de que cuando un lugar raya la excelencia, hay que gritarlo a los cuatro vientos.

Si hay un espacio emblemático en el pueblo, ese es el Restaurante Bar Tarelo. Lo es por lo bien que se come, por la calidez del trato y por la cercanía de todo su equipo. Ya sabéis que sobre gustos no hay nada escrito, pero estamos, sin duda, ante la gran joya gastronómica de la zona; un rincón aclamado por todos los que lo visitan con devoción.

Y es que el personal merece mención aparte. El trato es sencillamente exquisito, empezando por Paqui, que se desvive por sus clientes. Puedo decir sin miedo a equivocarme que nació para esto: te hace sentir como en casa, te aconseja con tino sobre las joyas de la carta (y las que no están en ella) y derrocha una calidad humana de las que ya no quedan.

A su lado está Pablo, la amabilidad personificada. Un profesional siempre dispuesto a servirte y a garantizar que todo esté perfecto. Da gusto tratar con él porque contagia su pasión por la hostelería, y esa energía positiva hace que cada plato sepa todavía mejor.

Por último, no puedo olvidarme de África, la verdadera alquimista de la cocina. Me atrevería a decir que es una auténtica DJ de los fogones: hace magia con las manos y firma platos tan memorables que le das las gracias al cielo por su existencia. Ahí sigue, al pie del cañón año tras año, y ojalá continúe mimando nuestros paladares por mucho tiempo más.

Ayer mismo cené allí con la familia y fue una experiencia para el recuerdo: unos tomates preparados que solo con verlos entras en trance, unos calamares a la romana soberbios y una sartén de patatas con huevos y picadillo que fue el broche de oro de la noche. Y si prefieres el pescado, no lo dudes: el lenguado a la plancha sabe literalmente a gloria.

Este templo del buen comer se ha ganado un hueco en mi memoria gustativa. Os lo recomiendo encarecidamente: no podéis pasar por esta vida sin dejaros caer por allí. Avisados quedáis.


Manuel J. Monterde Castillo.

Trespassos 

jueves, 6 de agosto de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La patria de las sillas al fresco, agosto 2026


  


Me ha dado últimamente por pasearme en las cálidas noches de Sotillo por sus calles. Recorro casi siempre el mismo itinerario y me tropiezo, casi por costumbre, con los mismos recuerdos.

Empiezo bajando la carretera de El Venero, el reducto más fresco de todo el pueblo. Allí, absorto en mis pensamientos —que no son pocos—, empecé a escuchar el murmullo de conversaciones ajenas. Primero, en una casita a la izquierda según se baja: unas nueve personas dispuestas en un círculo, con sillas traídas de sus propias casas o prestadas por el anfitrión de tan maravillosa velada nocturna. Cada silla de su padre y de su madre, claro está, debatían apasionadamente sobre un tema que a mí poco me importaba, pero que logró transportarme de golpe a mi juventud. Un poco más abajo, a la derecha, cinco personas de pié en la esquina de una fachada hablaban con gravedad sobre las cicatrices del fuego desolador que nos ha castigado este tiempo.

Me alegró la vida esa sensación reconfortante de volver a la Calle Larga de antaño, ese escenario donde se libraban los mayores debates sociales —siempre ajenos a la actualidad oficial— en las noches cálidas de Sotillo.

El contacto vecinal de entonces era algo formidable. Había risas campestres, chascarrillos con retranca y alguna televisión asomada a la ventana o a la puerta a la que nadie prestaba verdadera atención. Era una auténtica hermandad de hombres y mujeres compartiendo la vida tras el duro invierno castellano. Un crisol de voces, una atmósfera de alegría contagiosa que uno disfrutaba al pasar, maravillado de ver lo que hoy llaman, con tanta ligereza, «buen rollo». Aquello se parecía a un bar al aire libre, pero con decenas de pequeños corrillos hablando todos a la vez.

Recuerdo cuando por fin me saqué el carnet de conducir B. Profanaba yo aquel santuario cada vez que cruzaba la calle al volante del Simca 1000 que me regalaron —más rozado que entero, con un aspecto que hacía pensar que lo había robado—. Todo el mundo se levantaba a mi paso, silla en mano, abriéndome camino como si fuera yo el mismísimo rey de las Españas. Una verdadera profanación. Así definiría hoy aquel acto de soberbia cruel que obligaba a las gentes de mi pueblo a interrumpir su paz para que un niñato pasara con su cochambroso Simca escuchando a Mike Oldfield a todo volumen. Lo hice dos veces; no me permití una tercera ante semejante sacrilegio.

Pero no era la Calle Larga el único feudo del fresco. En la Plaza de Melilla, concretamente en la casa de Teléfonos donde yo me crie, mi madre —que Dios la tenga en su gloria— sacaba religiosamente las sillas a la acera mientras mi padre instalaba la tele. El resto lo hacía el propio discurrir de la noche. Aparte de los parientes que venían «de los madriles» o de Talavera de la Reina, aquello era un desfile incesante de paseantes. Por eso mi madre, lista y hospitalaria como buena extremeña, siempre sacaba dos sillas de más «para las visitas», que nunca faltaban.

Esas sillas vacías aguardando en la penumbra me recuerdan —por esa manía mía de hacer lecturas extrañas— al ritual de la circuncisión en el judaísmo, donde se reserva siempre un asiento vacío para el profeta Elías, quien según sus textos sagrados vela invisible durante la ceremonia. No creo que mi madre profesara la fe hebrea, pues era católica convencida —a no ser que algún ancestro nuestro fuera de aquellos conversos a la religión del Imperio—, pero la mística de la silla vacía era exactamente la misma.

Me fascina escarbar en estos recuerdos, pero el otro día, al pasear de noche por el pueblo, sentí cierto pellizco de melancolía. La costumbre de tomar el fresco se apaga; ya son muy pocos los que se resisten a renunciar a este placer simple. Creo firmemente que la UNESCO debería declarar las sillas en la calle Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Nos estamos jugando, sin darnos cuenta, el último refugio de la comunidad.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos



martes, 4 de agosto de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Incendio de Sotillo en julio 2026




Esta fotografía que me envió mi amigo Juan transmite con crudeza la angustia de esos últimos días de julio de 2026, jornadas en las que se nos encogió el corazón. La imagen evoca una escena casi dantesca; un instante desgarrador en el que sentimos cómo la vida en este entorno natural tan único se nos escapaba entre las manos.

Será una de esas postales que quedarán grabadas a fuego en la historia de nuestro pueblo y en nuestra memoria colectiva. Sin embargo, en medio de la desolación, debemos aferrarnos a lo importante: estamos aquí para contarlo, no tenemos que lamentar pérdidas humanas y la naturaleza —con esa fuerza imparable que la caracteriza— volverá a renacer de sus cenizas para devolvernos el verdor que siempre nos ha enamorado. No nos queda otra.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos

lunes, 27 de julio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Sotillo ante la adversidad: la foto que ya forma parte de nuestra historia, julio 2026


 


Hay momentos en los que la historia nos alcanza de golpe. La imagen que ilustra esta entrada fue publicada por el diario El Mundo el día que las autoridades ordenaron la evacuación total de nuestro municipio a causa de la masa de humo provocada por el incendio de Burgohondo.

Esta fotografía no es solo un documento gráfico: es el reflejo de un hito en la memoria de Sotillo. Generaciones futuras de sotillanos la analizarán para comprender cómo nuestro pueblo supo hacer frente, con madurez, civismo y responsabilidad, a las consecuencias de las crisis climáticas que atravesamos.

Como siempre ha demostrado, Sotillo ha estado a la altura de las circunstancias. Sigamos demostrando el gran pueblo que somos.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos

sábado, 25 de julio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Nuestro querido Valle, arde, julio 2026


 


El dolor de ver arder la memoria

Si echáis la vista atrás, veréis que en este rincón de crónicas sotillanas he hablado muchas veces de mis recuerdos, de la magia del Valle del Tiétar y de ese Sotillo enclavado en la naturaleza. Hemos compartido fotos antiguas de mi querido pueblo, cubierto por ese monte «verde que te quiero verde». Por eso, aunque no nací aquí, me duele en lo más profundo del alma lo que le está ocurriendo a mi lugar preferido del mundo.

En días como hoy, los recuerdos se agolpan en la mente. Recuerdos de todo tipo, incluidos antiguos incendios forestales —aunque ninguno comparable a esta pesadilla— que inevitablemente me arrastran hacia la nostalgia y una pena negra. Tengo sesenta y dos años y jamás he visto nada igual. Ni siquiera aquel fuego devastador que arrasó Pinosa y cuyas llamas llegaron hasta las vallas de piedra del campo de fútbol de El Teso. Aquella vez, los sotillanos de todo tipo y condición se unieron para vencer a las llamas, mientras las mujeres del pueblo, tan aguerridas como el que más, preparaban sin descanso bocadillos y agua en la plaza del Generalísimo para los héroes del momento.

Pero esto... esto no se parece a nada.

Es desolador ver cómo la gente tiene que abandonar el pueblo. Dejarlo así, como nunca se había visto: sin la alegría de sus vecinos, sin sus veraneantes (que es como a mí me gusta llamarlos) y sin el bullicio de sus comercios, esa pulsión vital con la que late Sotillo cada día.

Si la situación no cambia, los que ya tenemos una edad jamás volveremos a ver nuestras montañas vestidas de pinos, allí donde se agarran las nubes de invierno para traernos el agua que tanto necesitamos. Perderemos el recuerdo olfativo de ese olor a pino tan característico en verano, ese aroma que, cada vez que lo respiro, me lleva directo y sin escalas a mi infancia.

Sin embargo, si algo sé con certeza, es que Sotillo saldrá adelante. Saldremos adelante. Porque somos un gran pueblo: luchador, emprendedor y unido a los municipios vecinos con los que hemos forjado una manera única de ser y de estar en el mundo. Frente al mundo.

Todo mi cariño para mi gente, para mis amigos...  para este pueblo que nunca se rinde.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos

lunes, 20 de julio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La Ferretería de Filo, julio 2026


  


Hoy viajamos en el tiempo hasta uno de los rincones más emblemáticos de Sotillo: la ferretería de Filo, en la calle Arroyo.

Si la memoria no me falla, a un lado del callejón asomaba la parte trasera de la casa piedra de Salva, flanqueada aun lado, la ferretería por una pequeña oficina donde se contrataba y vendía el gas butano, la tienda de electrodomésticos Gon-San y poco más. Pero hoy mi recuerdo se detiene, con precisión casi sagrada, en la ferretería.

Quien haya pisado aquel lugar jamás podrá olvidar su entrada. Cruzar el umbral exigía descender tres escalones para adentrarse en un universo en penumbra, de esos que guardan un frescor balsámico en verano y un frío riguroso en invierno, solo amansado por el latido rojizo de una estufa catalítica que intentaba, sin mucho éxito, calentar el ambiente. Allí la luz del sol jamás hizo acto de presencia; la fotosíntesis era una teoría ajena a sus muros. La única iluminación procedía de bombillas con filamentos de tungsteno que colgaban del techo, suspendidas entre cientos de enseres que abarrotaban el aire, balanceándose como chorizos saecula saeculorum.

Era un comercio a la antigua usanza, un bastión inmune al posmodernismo actual. Vivía completamente alejado de la era del blíster y del plástico empaquetado. Allí uno acudía a comprar trece clavos y recibía, con matemática exactitud, trece clavos —o, en su defecto, un puñado generoso que Filo envolvía con destreza quirúrgica en un trozo de periódico o en la hoja arrancada de una vieja guía de Páginas Amarillas—. Todo por el módico precio de tres pesetas.

De haber nacido en la antigüedad, Filo habría sido un gran comerciante fenicio: poseía un olfato innato para el negocio ético y un dote de mando que ya hubiera querido para sí el mismísimo general Patton. Era una bellísima persona que atesoraba todo el saber imaginable sobre el mundo de la ferretería, luciendo siempre una media sonrisa entrañable, al más puro estilo Clark Gable.

Entrar en su tienda resultaba adictivo. Uno no solo iba a buscar un recambio, sino a regalarse un buen rato conversando con él o con alguno de sus empleados —como Jesús, siempre dispuesto—. Era un refugio cálido en el que uno se sentía sinceramente bienvenido.

Para quienes no llegaron a conocerlo, baste decir que allí existía solución para todo. Había un artilugio para cada problema humano, y si no existía, Filo y su equipo te explicaban cómo apañártelas sin necesidad de un grado en ingeniería en la Universidad Autónoma de Madrid. Si pedías algo y ellos no lo tenían, sencillamente es que no se había inventado; ni el mismísimo Amazon habría sido capaz de rastrearlo en la aldea más remota de Australia. Y si la pieza dudaba en aparecer, tras aquel mostrador de madera pulida por los callos de mil veraneantes manitas y autónomos del pueblo, ocurría la magia. Detrás se abría un almacén misterioso, con otros tanto escalones, del que sospecho emergía una suerte de Oompa Loompas sacados de Charlie y la fábrica de chocolate, apareciendo de la nada con el recambio exacto en la mano desde las profundidades de ese agujero negro en el que jamás llegué a poner un pie.

Sobre aquel pasadizo oscuro circularon multitud de leyendas urbanas. Unos decían que allí se generaban vórtices capaces de hacerte viajar en el tiempo; otros lo comparaban con la entrada al mismísimo Averno. Yo, personalmente, me inclino a pensar que en sus paredes ocultas albergaba pinturas rupestres más antiguas que las de Altamira o Lascaux: donde dicen las malas lenguas ya existía una  cueva paleolítica donde, miles de años atrás,  ya se vendían utensilios de piedra tallada para los primeros recolectores de la comarca.

Bromas aparte, este lugar —hoy tristemente desaparecido— fue uno de los auténticos motores de la vida de nuestro pueblo. Un espacio que se hacía grande porque al frente había un director de orquesta excepcional. Hay negocios que solo sostienen su alma gracias al maestro que los mima y los potencia. Y Filo fue, sin duda alguna, un director imprescindible.


Manuel J, Monterde Castillo

Trespassos

lunes, 13 de julio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - El edificio Piqueras: el gigante dormido que un día fue el corazón del pueblo, julio 2026


 


El edificio Piqueras siempre ha estado ahí, inamovible, como si formara parte del propio paisaje de mi memoria. Si hubo un antes de sus paredes, no lo sé; para mí, el mundo en este rincón del mapa empezó con él. Hoy, lamentablemente, se alza en un franco y melancólico abandono, convertido en la sombra de lo que fue: historia viva de un lugar que una vez desbordó vitalidad.


Yo tuve la fortuna de habitar sus entrañas. Viví en su primera planta durante algunos años, justo después de dejar aquella entrañable casa de Teléfonos en el número 1 de la Plaza de Melilla.


Pero si cierro los ojos y me remonto a la infancia, el edificio Piqueras no era solo un bloque de pisos; era un auténtico paraíso de ladrillo para los niños de la época. Era el templo de «los billares». Entre el tintineo de las monedas y el humo de aquellos años, se distribuían futbolines, mesas de ping-pong y aquellos billares misteriosos con setas en medio. Las mañanas de los domingos, puntuales tras salir de misa, se convertían en un ritual junto a mis amigos. Allí no solo jugábamos; nos quedábamos embobados contemplando la elegancia de los maestros del billar francés o la velocidad hipnótica de los jugadores de tenis de mesa. Lo mío, sin embargo, era devoción pura por las máquinas de pinball: sus sonidos eléctricos, sus desafíos luminosos y la gloria que sentías cada vez que el marcador estallaba regalándote una partida gratis.


Al fondo de aquel santuario lúdico se levantaba una imponente pared que desafiaba a unos techos altísimos. Era el territorio de los mozos, que jugaban al frontón a mano abierta, golpeando el cuero contra el muro con una fuerza brutal. Sin raquetas, a puro pulmón.


¡Nos lo pasábamos en grande!


La música también encontró su hogar entre aquellas paredes. Es imposible olvidar los conciertos en directo de Los Kriptón, o los primeros acordes de Venecia, que amenizaban las tardes tiñendo el ambiente de un rock puramente sotillano. De todos ellos, a mí me fascinaba Venecia, y muy especialmente Antonio —el gran Antonio de Sotimuebles— a la batería. Era un auténtico titán de la percusión; poseía unos brazos que parecían troncos de pino y un ritmo tan endiablado que habría hecho bailar a los mismos muertos, o a Luis «el ciego», acariciando la guitarra con unos punteos tan limpios y profundos que eran capaces de hipnotizar a cualquiera.


Pero el edificio Piqueras era, ante todo, un camaleón. Lo mismo servía de sala de conciertos que de elegante salón para banquetes de boda. Recuerdo perfectamente haber asistido a uno de ellos: el de Pili, una trabajadora de Teléfonos que, si la memoria no me falla, es la viva imagen de la fotografía. De ella conservo el recuerdo de cuando yo era muy crío: una muchacha muy guapa que, años más tarde y con ojos de menos niño, pude confirmar que lo era.


En aquellos tiempos, los banquetes corrían a cargo de lo que hoy modernamente llamamos empresas de catering, pero con una diferencia sustancial: la comida no llegaba en bandejas recalentadas. La cocina se improvisaba allí mismo, justo detrás de la pared del frontón, en una construcción a medio hacer, desprovista de tejado, puertas o ventanas. En ese escenario casi irreal, entre vapores y fogones, los cocineros y camareros se afanaban en dar vida a verdaderas delicias culinarias. Y después del banquete, llegaba el clímax: el baile allí mismo, una fiesta a puerta abierta donde todo el pueblo estaba invitado a mover el esqueleto.


Hasta aquí llega el viaje por mis recuerdos en el edificio Piqueras. Sé que este gigante dormido guarda muchas más historias en sus cimientos. Por eso os propongo un trato: si conocéis algún detalle más, una anécdota o un retazo de su historia, os leo abajo, en los comentarios. ¡Hagamos memoria juntos!


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos


 

domingo, 21 de junio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Bar Victoria, junio 2026




Prácticamente todos los pueblos custodian en su memoria una calle idéntica a nuestra calle Victoria. En Madrid, sin ir más lejos, sobrevive la recóndita calle del Codo, rincón histórico donde Quevedo y Góngora se batían en duelos de ingenio y desprecio. Allí mismo, quienes abrimos los ojos al mundo a principios de los sesenta, solíamos examinarnos de mecanografía y taquigrafía en la Sociedad Matritense de Amigos del País; veníamos de estudiar con las monjas de La Josa y de allí salíamos con un título que aún hoy conservo, enorme y de una estética tan barroca que roza lo churrigueresco.

Nuestra calle Victoria se bautizó así en el mapa afectivo del pueblo por un bar. Lo regentaban Carpo y Victoria, padres de Maraví. y otros dos hijos, creo, la actual concejala del Ayuntamiento a la que todos conocemos; una mujer que, al igual que  su madre, conforma un reflejo exacto, dos gotas de agua talladas en la misma forma de ser. Carpo, a su vez, era hermano de Melanio, dueño de aquel otro templo del buen comer en la plaza de Abajo —entonces llamada del Generalísimo—: el Bar Melanio, donde sentarse a la mesa era como comer en casa.

Siendo yo un niño, mi madre me encomendaba la sagrada misión de ir a la calle —vivíamos al lado— para comprar la leche. Caminaba yo aferrado a la lechera de aluminio, concentrado en el milagro de que no se derramara ni una sola gota. Al otro lado del mostrador siempre me aguardaba Victoria: una mujer guapa, de luto riguroso y con un moño que parecía esculpido a la perfección. Me recibía con una dulzura infinita, con un desvelo tan tierno que, sin ser mi madre, me hacía sentir al abrigo de una segunda orfandad. Siempre generosa, deslizaba un chorro de más en aquellos medidores de cinc que semejaban jarras de cerveza. Al regresar a casa, mi madre ponía la leche a cocer —pues venía directa de las ubres de la vaca y había que purificarla de los bichos invisibles— y me dejaba al cuidado de la cacerola con una advertencia: «Vigila que no se salga». Pero mi cabeza era un hervidero de ficciones y universos; bastaba que pasara una mosca para que yo me perdiera persiguiendo con mi mirada el misterio de su vuelo, la brevedad de su vida o sus pensamientos insectiles. Inevitablemente, la leche terminaba desparramándose en la lumbre.

Carpo, su esposo, era un hombre esculpido por el trabajo de sol a sol; primero con el ganado y luego tras la barra. Eran tiempos difíciles, no cabe duda, pero la vida poseía una anchura y una humanidad que hoy extrañamos. Las gentes de mi infancia eran afables, moldeadas con una bondad antigua. Nadie volcaba en sus semejantes el cansancio de romperse el lomo para sacar adelante a los suyos. A pesar del sudor y las horas, Carpo jamás extraviaba una sonrisa eterna y socarrona, siempre dispuesta a regalarte una broma o una frase pícara. Era, en el sentido más noble de la palabra, un hombre bueno.

El Victoria era un bar de pueblo, y lo digo con un orgullo casi reverencial: un espacio auténtico, con solera, cuyas dos puertas de entrada se abrían como brazos dispuestos a acoger el asueto de los trabajadores. Si Camilo José Cela hubiera cruzado ese umbral, habría cincelado una obra maestra sobre el microclima que allí se respiraba. Aún recuerdo los domingos estivales: tras la misa, el local se abarrotaba de hombres —las mujeres eran contadas— para apurar el chato de vino entre carcajadas, chascarrillos y una verdad descarnada. Yo adoraba aquellos días porque mis padres me enviaban a por la ración de bondejo —el estómago del cerdo, para los profanos—, guisado con el sello irrepetible de Victoria. Aquel aroma a ajo y aquel toque sutilmente picante componían una delicia celestial.

Durante las fiestas patronales, el bar se transformaba en un torbellino de emociones: copas que subían y bajaban, risas que inundaban el barrio y una alegría desbordante que hoy, a la distancia, se agradece como un bálsamo.

Lo admito a menudo: estos personajes que rescato del olvido no llevan mi sangre, y acaso ni siquiera crucé con ellos largas conversaciones. Sin embargo, habitan en mí. Son los cimientos de mi pasado y los arquitectos anónimos de la identidad de nuestro pueblo. Les profeso un cariño inmenso y, cada vez que mis pasos me devuelven a esos rincones sagrados de mi geografía personal, los recuerdo a todos. Y al hacerlo, inevitablemente, rescato lo mejor de mí mismo, esbozando una sonrisa teñida de una dulce y eterna añoranza.


Manuel J. Monterde Castillo - Trespassos

  

domingo, 14 de junio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La cuesta de botero, un microclima sotillano, junio 2026


 



La cuesta de Botero es un microclima dentro de Sotillo. Hubo un tiempo en que fue una arteria principal, un hervidero de comercio boyante con un pulso tan propio que nos alegraba el alma con solo pisarla. Más antiguamente —vete a saber cuándo—, aquello era la carretera de Madrid a Arenas de San Pedro, antes de que abrieran la desviación; una época que, por supuesto, a mí ya no me tocó conocer.

En mi propio idioma, es decir, en ese dialecto de la niñez sotillana, aquello no era la cuesta de Botero, sino la «cuesta de gotero». Por aquel entonces, en mi diccionario particular también habitaban palabras como guardilla y furboneta. Cuando años después me enteré de que la calle no se llamaba así —aunque en realidad el nombre nunca había cambiado—, recapacité: «Tiene su lógica; seguro que aquí vivía alguien que fabricaba botas de vino o calzado». Y bajo esa misma lógica aplastante, deduje que si yo la llamaba «cuesta de gotero», sería porque el buen hombre fabricaba los frascos de suero para los hospitales. No sé, cosas de niños.

Pero bueno, ¿por dónde íbamos? Decía que era una gran arteria, populosa y acogedora, por la que todo el pueblo, tarde o temprano, terminaba pasando para despachar sus menesteres.

Al adentrarse en este microclima callejero, conforme uno subía, topaba con la administración de lotería de los padres de mi amigo Álvaro, Epi y Juanita. Allí lucía un cartel que anunciaba, con orgullo, que hacía algún tiempo se había despachado un tercer premio del Sorteo del Niño. La administración era, en realidad, su propia casa: una oficinilla diminuta donde apenas cabía media persona. Desde la ventanilla se divisaba el salón familiar y se podía adivinar, sin margen de error, qué se iba a comer en aquella santa morada, porque olía a las mil maravillas.

Un poco más arriba se alzaba la ferretería García —esta ya de la era moderna—, regentada por Fidel. Según tengo entendido, Fidel había sido empleado en la única ferretería que existía antes, la del tío Filo,  (gran persona y mejor vendedor). De modo que aquello supuso una escisión, un auténtico cisma cuasi religioso en el pueblo. Creo que habré ido allí dos veces en toda mi vida.

Pero antes de que se me olvide, hay que hablar de la carnicería Palancas, que todavía resiste el paso del tiempo. Allí se inventaron, según las crónicas locales, las famosas morcillas de Sotillo. En aquel templo del embutido y la buena carne, la abuela se pasaba el santo día currando —gracias a Dios, el negocio siempre fue artesano—, mientras su hijo Justi ejercía de gran maestre en la atención al público, doblando el lomo también entre bastidores para echar una mano a las labores cárnicas. Justi, con una generosidad legendaria, nos plantaba delante unos platillos de morcilla seca, chorizo picante y un porrón de vino que hacían las delicias del respetable. «¡Va por ti, Justi!», parecía brindar al unísono su fiel clientela.

Pasada la ferretería, se encontraba la casa de Marí Cruz, una veraneante de los madriles que nos traía de cabeza a todos los chavales. Era aquella una época difícil, en la que las espinillas brotaban como el volcán de La Palma y los picores corporales se volvían insoportables. Nos gustaba a todos. Todos ansiábamos que se dedicara en exclusiva a nosotros, pero era una empresa imposible: había demasiado macho alfa suelto —término que entonces ni existía— y yo, un simple zagal de pueblo con un moreno color aceituna, no tenía por dónde mirarme. Carecía de todo, cortesía de los recortes de periódico con los que la madre naturaleza decidió confeccionarme.

Continuando este viaje por los pasadizos del recuerdo, me detengo en la casa de la tía monja de mi amigo José —Tole para los amigos, ¡y es que hay que ver lo buenos que son los Toledanos, joer!—. La buena mujer vivía en la mismísima Roma, pero no sé por qué extraña razón, cuando venía, nos llevaba a tomar café. Nos sentaba alrededor de la mesa camilla, con el balconcillo abierto de par en par para aplacar el bochorno del verano. Yo sospecho que su verdadera intención era reconducir nuestras pecaminosas vidas juveniles, sobre todo teniendo a Marí Cruz viviendo al lado. Sin embargo, a nosotros los santos se nos hacían figuras, como decía mi madre, y la pobre mujer regresaba a la Ciudad Eterna sin haber cumplido sus objetivos espirituales.

Y en este mapa de la memoria, es de justicia detenerme un buen rato en dos de las mejores personas que he conocido en la vida: Apolonio y su mujer, Pilar. Dos santos terrenales, dos almas enormes a las que profesé un cariño inmenso desde que era un mico y que  tuve la inmensa suerte de tratar. En su carnicería, despachaba por el bueno de Apolonio, siempre con una eterna simpatía y una sonrisa en los labios. Allí lo mismo acudíamos a comprar los bollos de Bimbo —Tigretones, Panteras Rosas y Bonys— para coleccionar los cromos de coches y luego de motos (o de motos y luego de coches, ya no me hagan mucho caso), que a por la riquísima carne que allí servían.

Más tarde, en la planta de arriba de su casa, se montó Radio Tiétar. Yo colaboraba allí, y al calor de los micrófonos conocí a sus hijas, Pilar y María Jesús, a sus respectivos maridos (Juan y el otro, de cuyo nombre, desgraciadamente, no logro acordarme) y, cómo no, a Anastasio, el cura.  Anastasio era un hombre santo que trabajaba como una mula por los pueblos más recónditos de la provincia, siempre al lado de los más necesitados. En verano daba clases de latín a los que se mostraban más tozudos con la lengua de Cicerón, y al caer la noche, algunas noches, nos lo encontrábamos  en la discoteca Trébol tomándose unas copichuelas con los amigos. Él solo encarnaba la nueva Iglesia, esa que tenemos hoy en día, pero con décadas de adelanto. Hoy es párroco en El Tiemblo, donde coincidí con él hace no mucho en un funeral. La  casa de sus padres era mi casa y les  guardo un cariño muy especial, esa es la santa verdad.

Pero, por encima de todos estos personajes, el recuerdo más nítido que conservo de la cuesta de Botero es la procesión del Corpus... creo. Ese día, la calle entera se alfombraba de tomillo para recibir el paso del Altísimo y el desfilar de los niños vestidos de comunión camino de la iglesia. Nada más pasar la chiquillería, los rezagados, nos abalanzábamos a recoger el tomillo del suelo para prenderle fuego en una de las mejores fiestas que ha parido el pueblo y que, sospecho, ya se ha perdido: las Luminarias. Niños y no tan niños saltábamos sobre las hogueras que rasgaban la oscuridad de la noche. Qué puedo decirles... era una noche verdaderamente mágica.

Sin embargo, además de la alegría, esta es también la calle de la pena. Por sus adoquines avanzan los cortejos fúnebres camino de la iglesia, saliendo del tanatorio de Lucio, esto es más moderno. Desgraciadamente, a todos nos ha tocado arrastrar los pies por allí, ya fuera por familiares o por vecinos, convirtiendo la cuesta en una triste penitencia de último adiós a nuestros seres queridos.

No sé si se lo había dicho ya, pero escribo esto porque quiero recordar para revivir. Y, sobre todo, para no dejar morir a los personajes que moldearon mi infancia. Intento dibujarlos aquí con palabras, para que no se me pierdan jamás, este es mi objetivo.


En este enlace tenéis otras imágenes más antiguas: 

https://sotillodigital.blogspot.com/2023/08/fotografias-antiguas-de-sotillo-calle.html


https://sotillodigital.blogspot.com/2026/06/cronicas-sotillanas-la-cuesta-de-botero.html


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos


sábado, 6 de junio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La Casa del Cura, junio 2026


  


¿Quién no ha cruzado alguna vez, de un modo u otro, el umbral de la Casa del Cura? Siempre presente, siempre austera, se alza como el verdadero eje espiritual que ha vertebrado la vida de Sotillo desde hace décadas.

Para mí, ese edificio es un paisaje familiar de toda la vida, un pilar más constante en mis recuerdos que la propia iglesia parroquial. Entre sus paredes hemos habitado todos; allí he sido testigo y parte de los mil y un actos que daban vida al pueblo. En su salón parroquial, por ejemplo, acudíamos a donar sangre. Aún recuerdo con una sonrisa amarga el día en que el médico de la unidad móvil me frenó en seco: me agradeció la solidaridad, pero me pidió que no regresara si no quería que me tuviesen que sacar de allí en camilla. Lo pasé tan mal que, desde entonces, no he vuelto a estirar el brazo.

Aquellas estancias también han sido una ventana al mundo. En su día albergó exposiciones africanas —traídas, imagino, por los misioneros que la Iglesia católica envía a los confines de la tierra—, donde nuestros ojos de niños se asombraban ante rarezas imposibles: patas de elefante disecadas, misteriosas cabezas reducidas por los jíbaros y un místico arte africano.

La Casa del Cura ha sido un camaleón hecho de ladrillo. Allí recibimos clases de la antigua EGB cuando las aulas del colegio oficial desbordaban con la incansable generación del baby boom. Allí escuchamos misa cuando el viejo templo fue derribado, allí nos preparamos para la Confirmación y allí, incluso, nos sentamos a oscuras a disfrutar del cine. Era, en definitiva, el epicentro absoluto de todo lo que acontecía en nuestro querido Sotillo.

A la planta superior solo subí una vez en mi vida. El motivo fue el cursillo prematrimonial, impartido por aquel entonces por don Próspero, el párroco que llegó para sustituir al recordado padre Segundo. Debo confesar, no sin cierto pudor, que acudí a la cita arrastrando algunos prejuicios. Esperaba encontrarme —con todos mis respetos— a un hombre retrógrado y severo. Cuál sería mi sorpresa al descubrir a un ser humano que, con sus palabras y su cercanía, nos demostró todo lo contrario. ¡Qué grande fue don Próspero!

Hoy en día, el edificio sigue haciendo honor a su nombre. Se ha convertido en el hogar de todos los sacerdotes de la zona tras la creación de la Unidad Parroquial; bien podríamos rebautizarla, con justicia, como "la casa de los hombres de Dios".

Y este es el inventario de mis recuerdos en la Casa del Cura. Estoy convencido de que, si cada uno de vosotros se detiene un instante a realizar una pequeña excavación arqueológica en su propia memoria, encontrará mil y una historias sepultadas en los rincones de este viejo edificio.


Trespassos

lunes, 20 de abril de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Nuestra iglesia, abril 2026


 


Esta es nuestra iglesia, que acoge a nuestra Virgen de los Remedios. Mil historias hay sobre ella, mil historias que todos hemos vivido entre bodas, comuniones, bautizos y entierros.

Si voy directamente a mi historia, he de contaros que yo conocí la iglesia que había antes y que, por razones que se contaban en aquellos años, se derrumbó porque carecía de cimientos y se caía. Es de sobra conocido que el parque que tiene al lado fue un viejo cementerio en el que todavía hay muchos huesos bajo tierra. Cuando iba al cole de pequeño y, debido a las obras de ensanche de la calle justo pegada ahí, recuerdo un fémur humano atravesado en la tierra. Las malas lenguas decían que habían aparecido monedas de oro y todo. Otro de los mitos que de niño oía era que, en la Guerra Civil, cuando había muertos, se quitaban cuatro baldosas de la misma y los cuerpos se arrojaban a un misterioso sótano, y ahí seguían años después.

Volviendo a la antigua iglesia, recuerdo ver el descampado que dejaron al ser derribada; solo como centinelas permanecieron en pie la torre y lo que hoy es el altar. A este último le pusieron un gran tablón de madera para protegerlo mientras las misas se decían o en el cine de invierno de los Blasco o en el salón parroquial. Con la curiosidad de un arqueólogo frustrado que soy, me asomaba entre las rendijas de la madera y flipaba viendo ese fantasmagórico lugar donde estaba el retablo entre sombras.

Mi relación con la iglesia empezó cuando tenía la edad justa de ser monaguillo con el Padre Segundo, azote de infieles y pecadores con sus arengas en las misas dominicales; porque aquello no eran homilías, eran discursos a las tropas de Cristo para combatir el mal. Todo ese verbo encendido solo era apariencia porque luego era un buenazo, un trozo de pan cristiano que, cuando a mi hermano y a mí nos "enganchaba" para bodas, bautizos, entierros y comuniones, nos daba 25 pesetas (5 duros) que nosotros, tan bien educados en la religión judeocristiana, volvíamos a meter en el cepillo permanente de la iglesia. La santidad tiene estos caminos.

Años estuve dedicado a los oficios religiosos porque, en realidad, mi hermano y yo éramos como el servicio de guardia del catolicismo para todo tipo de eventos. Mi hermano a las campanas, al igual que "TJ al tejado" como en la famosa serie de la TV (antes no había plataformas que nos ordeñan la cuenta): Los hombres de Harrelson. Lloviera o no, mi hermano doblaba a muerto; a mí me enfundaban una sotana roja con forro que pesaba un quintal cuando esta se mojaba porque —desconozco la razón divina del Altísimo para dar más ambiente siniestro al funeral— siempre estaba nublado y lloviznaba. Yo, pobre de mí, iba el primero portando una pértiga con una cruz encima que pesaba otro quintal, puesto que  era como de bronce muy pulido y he de decir que era preciosa. Y claro, mi sotana empapada.

Como curiosidad, un día que el Padre Segundo necesitó el servicio de guardia del catolicismo, un día infernal de viento y con una fiebre que tenía de caballo, pero yo, valiente de mí, estaba jugando al fútbol en el cole del Calvario con un chándal rojo precioso del Sotillo Club Deportivo que me regaló mi padre, entrenador por aquella época del equipo de fútbol. Nos hizo un gesto con la mano el señor párroco ("venid para acá, majetes") y para allá que fuimos a oficiar la boda, ¡y cualquiera le dice que no al cura! Pues tan malito (con fiebre) estaba yo en el altar que me dio una arcada que pude tragarme, pero a la segunda aquello era difícil de contener por el tsunami que tenía en mi interior, y lo eché todo como si de un volcán se tratara. Se levantaron todos los demonios de los infiernos y el Padre Segundo, señalándome con su dedo inquisidor la dirección de la sacristía (como un árbitro de fútbol cuando saca una tarjeta roja), hizo que me fuera con la cabeza baja de vergüenza entre  risas de los asistentes. No pude levantar cabeza en un tiempo, que lo sapáis.

Pasaron los años entre ritos y rosarios de la aurora, bien tempranito por las calles de Sotillo, que digo yo que sería para rogar que lloviera por la pertinaz sequía (porque en España siempre hemos estado en sequía). Me hice más mayor y ya la sotana de monaguillo empezaba a no quedarme bien; para entendernos, me quedaba por encima de las rodillas y parecía más una majorette que un hombre de la iglesia. Me mandaron como destino a tocar las campanas porque mi hermano prácticamente se estaba jubilando del oficio de campanero. Yo me encargaba de la campana más pequeña —todo tiene un rango— y la gorda y la mediana la tocaban Fernando, el hijo de Tasio, y mi hermano. Recuerdo que, como novato, me decían: "Abre la boca, que si no te estallan los tímpanos", porque se tocaba a brazo, dándole al badajo como si no hubiera un mañana, ¡como si yo supiera dónde estaba el maldito tímpano! La escalera de la torre era de caracol, sin luz y empinada como el famoso K2 en el Himalaya.

Hice tantos servicios a la iglesia que tengo convalidado de por vida asistir, tengo una bula Papal,  a los oficios religiosos. Mi binomio en estas cosas de monaguillo de infantería era mi amigo Raúl, hijo también de Tasio, con su cara angelical y más malo que un demonio, pero que también tenía el cielo ganado porque todos, con nuestras cosas, éramos unos santos.

Luego seguías haciéndote mayor y las campanas pasaron a mejor vida. Nos gustaban más las faldas de las mozas sotillanas que las cosas de la iglesia. Es lo que tiene la pubertad: que te empieza a picar todo el cuerpo.


Trespassos 

sábado, 18 de abril de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - La fábrica de orujo, abril 2026




Había una vieja canción sotillana que la chavalería cantábamos cuando salíamos a "ver mundo"- que por  aquel entonces, o el mundo era muy pequeño o nos sacaban poco de excursión- y la copla decía así: «A la entrada de Sotillo, lo primero que se ve, son las vacas de tío Chivo, que las da de comer...». Pero lo cierto es que no; entrando por la carretera más cercana a Madrid, lo primero que te recibía era nuestra fábrica de orujo (llamada así, digo yo, porque fabricaban eso precisamente).

Para mi panda de amigos y para mí, aquella vetusta fábrica era nuestro particular Port Aventura rural pero gratuito. Allí fuimos cientos de veces a escudriñar el edificio entre calderas oxidadas y naves inmensas. En el exterior estaba el pajar, que aún conservaba forraje para las "bestias", que digo yo que sería para dar de comer a los animalitos que alguna actividad tendrían en la producción "orujil". Todavía recuerdo cuando a un buen amigo, César, se le ocurrió la "brillante" idea de zambullirse entre la paja; el resultado fue una noche tormentosa, plagada de pulgas y picaduras. De puro milagro su madre no tuvo que quemar la casa para desinfectarla.

Mi zona favorita era el piso de arriba, con un suelo de tarima —de esa que ahora llaman flotante— y cuatro ventanas sin marcos ni cristales donde los cuatro vientos campaban a sus anchas. Siempre que subía por aquella oxidada escalera vertical, soñaba con construirme una vivienda allí mismo. No lo hice, básicamente, porque uno no es rico. Desde esas ventanas accedíamos al tejado y, por las noches, nos quedábamos viendo pasar a los "pijos" que iban a la discoteca y pub de Los Charcones, de Pepe el de los Charcones. Ya más mayor, no había fin de semana que no terminara yo mismo en ese refugio de "pijos"; en realidad era una etiqueta inventada por nosotros, porque lo cierto es que el sitio estaba genial.

Esta fábrica ha tenido pocas vidas. Personalmente nunca la vi en funcionamiento, pero sí recuerdo aquellos cursos de albañilería del PPO (o algo así), que vinieron de perlas dada la capacidad constructiva de los sotillanos. Muchos años después, se convirtió en Mobel Tiétar, la tienda de muebles de mis amigos los hermanos Rodríguez. Y por favor, no los confundan con los argentinos del grupo Tequila; ¡ya quisieran los argentinos, válgame Dios! Son hijos del bueno de Víctor. No sé si os pasa a vosotros, pero creo que teníamos unos padres y madres excepcionales; al menos, los de mis amigos lo eran.

Hoy la fábrica sigue inactiva, esperando un futuro mejor. Yo, como idea soñadora y un poco en broma, creo que sería el sitio ideal para albergar un museo de arte contemporáneo al estilo de la Tate Modern de Londres, que antes de ser museo fue una central eléctrica. Porque, seamos sinceros, ¿qué tiene Londres que no tenga Sotillo? Ya os lo digo yo, nada.


Trespassos

viernes, 27 de marzo de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS -Nuestra Gasolinera: Historia Viva de Sotillo , marzo 2026


 







Nuestra gasolinera, la de Sotillo, está unida irremediablemente a nuestra historia. Personalmente, la recuerdo desde que empecé primero de EGB en las escuelas del Calvario, donde coches flamantes y carromatos con motor de sacar agua  repostaban el tan preciado líquido. En ella hemos esperado al señor gobernador civil de la provincia de Ávila entre aplausos y vítores de júbilo. Este hecho era todo un acontecimiento en la vida diaria de nuestro querido pueblo, puesto que no solo nos visitaba él; también lo hacía una cohorte de “prebostes” (palabra que es un pequeño homenaje al gran Ibáñez, creador de Mortadelo y Filemón), de “tiralevitas” (homenaje al gran periodista José María García periodista de la tristemente desaparecida Antena 3 de Radio) y, cómo no, una pequeña representación del gobierno militar de nuestra provincia, acompañados a veces por las juventudes de España encuadradas en el Frente de Juventudes.

Pero recuerdo también de nuestra gasolinera a la Guardia Civil apostada con su capote y mosquetón en ristre en las duras noches de invierno, esperando que apareciera el enemigo público número uno de España: El Lute. Nunca apareció. ¡Cuánto miedo pasé cuando este "fugitivo" se escapaba de la cárcel! provocando  entre la chavalería un miedo atronador en aquellas noches de invierno, puesto que, según tengo entendido, en el pueblo tenía familia y, por lo que sea, venía a visitarla (como si fuera tonto).

Aún tengo en mente, aunque algo difusa, la antigua estación de servicio: blanca, con un sabor añejo. Cuando la derribaron para construir la nueva CEPSA, la cubierta que cubría los surtidores de color rojo estaba hecha de cañizo y escayola. Entre la inocencia de nosotros, los niños, se decía que entre el cañizo habitaba una pléyade de piojos que iban a devorar nuestras cabezas infantiles (miedos, miedos y más miedos).

Por ella hemos pasado prácticamente todos a ponerle gasolina a nuestro primer coche, casi todos ellos “más viejos que España” (como dice un amigo mío), para luego ir fardando al Paparazzi, el de nuestro amigo Luis, a chulearnos de una chatarra con carrocería algo difusa debido a los golpes y a la pintura que se iba destiñendo, en el cual no entraban ni las moscas.

Como veis, forma parte de nosotros, se llame como se llame, y hoy aquella vieja gasolinera ha sido remodelada para darle un aspecto moderno y atractivo, para invitarnos al consumo de estas cosas que se venden en ella. Hoy viste con sus mejores galas, pasando del color rojo ya desteñido de la antigua CEPSA al nuevo y ecológico color azul mar (o cielo) de la nueva puesta en escena de esta petrolera española con este nuevo nombre: Moeve, adaptándose a la era digital, a la inteligencia artificial y a los nuevos hábitos de consumo.

¡Larga vida a nuestra gasolinera!

PD: He querido ilustrar este artículo con la evolución de las obras, puesto que pasará el tiempo y esto quedará para ser visto alguna vez por las nuevas generaciones de sotillanos que mirarán con nostalgia nuestra historia. Va por todos ellos.


Trespassos

sábado, 31 de enero de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Hostal Mi Casa, Enero de 2026


 

Cualquier viajero que cruce hoy Sotillo y pase por delante de este edificio verá, simplemente, un bloque de viviendas más. Uno de tantos. Pero para los que ya peinamos alguna cana (y las lucimos con orgullo), ese lugar tiene nombre propio y brilla con luz de neón en nuestra memoria: allí se levantaba el Hostal Mi Casa.

El establecimiento era territorio de Tasio Rodríguez —si la memoria no me traiciona con el apellido—. Junto con la mítica Casa Camorra de la que hablé el otro día, el hostal de Tasio era uno de los pocos refugios para el forastero que buscaba cobijo en el pueblo.

El corazón del edificio latía en el comedor de la planta baja. Un salón con vida propia donde, entre diario, los obreros daban buena cuenta de platos caseros que, según cuentan las crónicas de la época, estaban de muerte. Curiosidades del destino: la que hoy es mi mujer frecuentaba aquellas mesas muchos fines de semana. ¡Y eso que ni siquiera era huésped! Pero es que el aroma de aquel comedor era un imán irresistible.

"Mi Casa" era, en el sentido más puro de la palabra, un negocio familiar. Allí arrimaba el hombro todo el mundo, del primero al último. Mis recuerdos me llevan siempre a la puerta del hostal, buscando a mis amigos Raúl y Fernando para ir a quemar energías al colegio del Calvario con nuestros juegos de la època. Pero antes de la aventura, llegaba el ritual: la merienda.

Su madre, una mujer que era puro corazón y generosidad, nos servía el manjar de los dioses: helado al corte. Y ojo, que ella fue la verdadera inventora del "Sándwich" antes de que la Camy (ahora Nestlé) o Somosierra supieran siquiera lo que era. Nos lo preparaba con dos galletas María, elevando la merienda a la categoría de alta ingeniería gastronómica. Otras tardes, el menú era más exótico: medio bocadillo de salchichas Frankfurt directas del paquete. Sin pasar por la sartén, así, a lo valiente. Creedme: era la primera vez que las probaba de esa manera y sabían a gloria bendita.

Los días en los que el invierno de Sotillo se ponía serio, nuestro refugio era una habitación justo a la derecha de la entrada. Allí, entre cuatro paredes que nos protegían del frío, nos entregábamos a partidas interminables de El Palé. Era nuestro Monopoly castizo, más nuestro, donde las tardes volaban entre billetes de papel y propiedades de cartón.

El Hostal Mi Casa no era solo un edificio; era uno de los centros  de mi universo infantil. Entre el ir y venir de gente, las meriendas improvisadas y el bullicio constante, aquello me parecía una versión real de las historietas de 13, Rue del Percebe del gran Ibáñez. Había vida, había picaresca y, sobre todo, había cariño.

Mirando atrás, solo puedo decir una cosa: en Sotillo tuve la mejor infancia que un niño puede soñar.


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