Hace años que Venezuela tiene una capital sentimental: Madrid. Y no solo por los cientos de miles de venezolanos que pueblan nuestras calles, donde claman alegremente contra la «dictadura social-comunista sanchista» que les ha regalado la residencia y los papeles en tiempo record, sino porque nuestros dirigentes se han pasado años discutiendo más, en primera persona, de lo que sufrían los del país vino tinto que de lo que les pasa a los que vienen a ambos lados de la M30.
Una vez que les hemos dado todos los premios del mundo a los dirigentes opositores y que el chavismo degenerado en madurismo se ha reciclado de nuevo con Delcy como los mejores lacayos petroleros del gobierno Trump… ya parece que –aunque hay unos últimos coletazos todavía en el PePerismo castizo para mantener un caladero importante de votos– es un tema un poco incomodo para todos, para los liberales del Madrid de todos los acentos y también para la izquierda zapaterista.
En realidad, los venezolanos nos la han traído al pairo siempre. Y a los medios de comunicación que han llenado sus espacios, también. Cuando los oligarcas «democráticos» condenaban a la miseria a la mayoría de sus conciudadanos y cuando los nuevos oligarcas del postchavismo lo han seguido haciendo. A nosotros lo que nos gusta es pegarnos por causas a miles de kilómetros con demagogia barata y postureo para consumo interno, que no se sostienen en un minuto de debate sosegado.
Decía un meme en redes que cuando un Venezolano entraba por Barajas había dos filas. En una, donde se colocan los hijos de los oligarcas del gobierno y de la oposición venezolana – que son fiel reflejo del final de la novela Rebelión en la Granja– les dan las llaves de un pisazo en el Barrio de Salamanca. En la otra, al resto, una mochila de Glovo y una bicicleta. Una vez que Trump es el patrón de Venezuela, esto no ha cambiado. Nosotros tampoco.

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