Parece que el PNV ha decidido que ya tocaba otra batalla épica para ver si frena la sangría de votos hacía EH Bildu: pedir que el Guernica vuelva a Euskadi por no se que reparación que el Estado, ese ente que parece ajeno a ellos que llevan gobernando el País Vasco en nombre del Estado los últimos 40 años. Porque claro, en el mundo en general y en el País Vasco en particular no hay problemas más urgentes. Ni vivienda, ni sanidad, ni esas nimiedades sin importancia. No. La prioridad absoluta es mover un cuadro de sitio, como si estuviéramos reorganizando el salón de casa un domingo por la tarde.
La idea, por supuesto, se vende como un acto de justicia histórica, de reparación emocional y, si se tercia, de alineación cósmica. Todo muy solemne, muy profundo. Y también muy ridículo, porque ese cuadro que pintó el malagueño universal y que estaba dedicado a la muerte del torero Sánchez Mejías y que fue comprado por el gobierno republicano –previo cambio de nombre– para propaganda durante la guerra y exponerlo en la Feria Universal, es propiedad del gobierno español.
Aunque, curiosamente, siempre surge en momentos políticamente oportunos. Qué coincidencia tan caprichosa.
Mientras tanto, el cuadro sigue en el Museo Reina Sofía, aunque debería estar en el Casón del Buen Retiro, rodeado de turistas que, ingenuos ellos, creen que están viendo arte universal y no un rehén geopolítico pendiente de traslado. Porque sí, ahora resulta que el valor simbólico del Guernica depende de su código postal y de las expectativas de voto de la derecha vasca. Picasso, seguro, estaría encantado de saberlo.
Y así seguimos, con debates de alto nivel estratégico: que si el cuadro para arriba, que si para abajo, que si es mío, que si es tuyo. Todo muy adulto, muy edificante. Mientras tanto, el resto del país observa, entre divertido y agotado, cómo algunos convierten la cultura y la historia en una partida de Risk. Pero con menos dados y más discursos grandilocuentes.
A ver si con esto el PNV recupera fuelle frente a la izquierda abertzale, reclamándose heredero de los que perdieron la Guerra en 1936 y de paso obviando que sus antecesores traicionaron a la República con una rendición cobarde ante el fascismo italiano en Santoña. Rendición miserable que influyó y mucho en el devenir de los frentes militares del norte de España.

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