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lunes, 7 de septiembre de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS -Casa López: fútbol, KONGA y recuerdos de otros tiempos , septiembre 2026







Casa López era uno de esos rincones de mi infancia que se quedaron guardados para siempre en algún lugar de la memoria.

Cuando pienso en él, me vienen a la cabeza las ferias de ganado que se celebraban, creo que un viernes al mes, y que convertían la zona de El Teso y la plaza de toros en un hervidero de animales, tratantes, vecinos y visitantes. Era un importante punto de negocio e intercambio, hasta el punto de que, si no me falla la memoria, había tres bares en aquella zona. Uno de ellos era este del que hoy os hablo.

Durante las fiestas, además, el ambiente era todavía mayor. El bar se llenaba de sotillanos y visitantes que se tomaban los famosos chatos de vino mientras hablaban, seguramente, de la última corrida de toros o de la que estaba a punto de llegar. Había un ambientazo de los de antes, de esos que hoy cuesta encontrar y que, con el paso del tiempo, uno recuerda todavía con más cariño.

Pero mi relación con este lugar no viene solo de las ferias o de las fiestas. Casa López forma parte también de mis recuerdos futbolísticos. Y digo «futbolísticos» siendo generoso conmigo mismo.

En aquellos años jugábamos al fútbol en el campo de El Teso, cuando todavía era de tierra y las líneas del campo eran más imaginarias que otra cosa.

El gran organizador de aquellas pachangas era mi amigo Roberto González, nuestro Ancelotti, gran aficionado al deporte en general. Roberto tenía la capacidad de poner de acuerdo a veintidós personas para estar cada sábado a las once de la mañana en el campo. Y todo esto, ojo, sin grupo de WhatsApp. Cierto es que era y es muy muy bueno, nos aguantaba a todos.

Y no fallábamos.

Allí estábamos Roberto, mi hermano Antonio, Raúl y Fernando Rodríguez, Gustavo y Carlos Rodríguez, Santiago Blasco y alguno más que ya no recuerdo. La verdad es que han pasado unos cuantos años.

Lo que sí recuerdo perfectamente es que muchas veces éramos tantos que el canalla de Roberto me dejaba en el banquillo. Y yo me cogía mi correspondiente cabreo, porque no había sábado en el que faltara a la cita.

Ahora, muchos años después, lo entiendo.

He sido un gran paquete futbolístico. Incapaz de dar una a derechas y, sinceramente, alguien que no valía ni para estorbar en el campo. Pero entonces no tenía la perspectiva que tengo ahora y la testosterona hacía su trabajo: me cabreaba como un mono.

La pasión de Roberto por aquellos partidos llegó a tal nivel que el «entrenador» o «seleccionador» de todo aquello decidió emitir unos carnés con nuestros nombres, hechos de madera o un material parecido. El compromiso era que todo aquel que tuviera uno en su poder tenía garantizado jugar.

Bueno… no fue exactamente así.

Si había mucha gente, a mí me tocaba estar en la banda. Pero fuera de ella.

Y después del partido llegaba lo mejor.

Terminábamos juntos en Casa López, sentados alrededor de aquellas mesas, tomando su célebre KONGA de naranja, de limón o de cola. Todo ello a muy buen precio, como correspondía a aquellos tiempos. No recuerdo quién nos atendía, aunque creo que era una mujer.

¡Y qué rica estaba aquella KONGA!

Claro que entonces las cosas del azúcar no se controlaban como ahora. Aquello debía de llevar gramos de azúcar como si no hubiera un mañana.

Hoy somos mucho más finos. Ahora tomamos electrolitos, bebidas isotónicas y todo tipo de cosas que parecen diseñadas para hacernos creer que sabemos lo que hacemos.

Bueno, yo no.

Yo soy más de torreznos.

Aquellos momentos después del partido eran probablemente lo mejor de todo. Allí nos reíamos, comentábamos las jugadas —seguramente algunas bastante discutibles—, hablábamos de nuestras cosas y, si se terciaba, quedábamos para la tarde-noche.

Visto desde hoy, eran tiempos gloriosos.

No porque todo fuera necesariamente mejor, sino porque éramos más jóvenes, teníamos menos preocupaciones y sabíamos disfrutar de cosas tan sencillas como un partido entre amigos y una KONGA después.

Por eso quería contaros esta pequeña historia del Bar López.

Porque los lugares también forman parte de nuestra memoria. Algunos desaparecen, otros cambian y algunos simplemente envejecen con nosotros.

Y antes de que la climatología termine borrando el cartel que todavía puede leerse en ambos lados de la casa, quería dejar aquí este recuerdo.

El recuerdo de un bar, de unas ferias, de unos partidos de fútbol, de unos amigos y, sobre todo, de una época que, vista desde la distancia, fue realmente gloriosa.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos

sábado, 25 de julio de 2026

CRÓNICAS SOTILLANAS - Nuestro querido Valle, arde, julio 2026


 


El dolor de ver arder la memoria

Si echáis la vista atrás, veréis que en este rincón de crónicas sotillanas he hablado muchas veces de mis recuerdos, de la magia del Valle del Tiétar y de ese Sotillo enclavado en la naturaleza. Hemos compartido fotos antiguas de mi querido pueblo, cubierto por ese monte «verde que te quiero verde». Por eso, aunque no nací aquí, me duele en lo más profundo del alma lo que le está ocurriendo a mi lugar preferido del mundo.

En días como hoy, los recuerdos se agolpan en la mente. Recuerdos de todo tipo, incluidos antiguos incendios forestales —aunque ninguno comparable a esta pesadilla— que inevitablemente me arrastran hacia la nostalgia y una pena negra. Tengo sesenta y dos años y jamás he visto nada igual. Ni siquiera aquel fuego devastador que arrasó Pinosa y cuyas llamas llegaron hasta las vallas de piedra del campo de fútbol de El Teso. Aquella vez, los sotillanos de todo tipo y condición se unieron para vencer a las llamas, mientras las mujeres del pueblo, tan aguerridas como el que más, preparaban sin descanso bocadillos y agua en la plaza del Generalísimo para los héroes del momento.

Pero esto... esto no se parece a nada.

Es desolador ver cómo la gente tiene que abandonar el pueblo. Dejarlo así, como nunca se había visto: sin la alegría de sus vecinos, sin sus veraneantes (que es como a mí me gusta llamarlos) y sin el bullicio de sus comercios, esa pulsión vital con la que late Sotillo cada día.

Si la situación no cambia, los que ya tenemos una edad jamás volveremos a ver nuestras montañas vestidas de pinos, allí donde se agarran las nubes de invierno para traernos el agua que tanto necesitamos. Perderemos el recuerdo olfativo de ese olor a pino tan característico en verano, ese aroma que, cada vez que lo respiro, me lleva directo y sin escalas a mi infancia.

Sin embargo, si algo sé con certeza, es que Sotillo saldrá adelante. Saldremos adelante. Porque somos un gran pueblo: luchador, emprendedor y unido a los municipios vecinos con los que hemos forjado una manera única de ser y de estar en el mundo. Frente al mundo.

Todo mi cariño para mi gente, para mis amigos...  para este pueblo que nunca se rinde.


Manuel J. Monterde Castillo

Trespassos

miércoles, 22 de abril de 2020

#SOTILLODELAADRADA #ÁVILA: FOTOGRAFÍAS ANTIGUAS DEL MUNICIPIO



Aprovecha estos días de confinamiento y cuarentena en casa para rebuscar en tus álbumes de fotos y remitir al @aytosotillo aquellas imágenes que cuenten tu historia y a la vez, nuestra historia.

Te dejamos algunos ejemplos de esas joyas para nuestro pueblo.

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